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Nuestra Señora de la Expectación del Parto – 18 de diciembre

https://canalizandoluz.com/nuestra-senora-de-la-expectacion-del-parto-18-de-diciembre/Nuestra Señora de la Expectación del Parto recuerda la espera de María en Navidad y la esperanza del nacimiento de Jesús. Se la celebra el 18 de diciembre, cuando faltan pocos días para que el Niño nazca. La llamamos también Virgen de la Esperanza o Virgen de la O. Son nombres distintos para mirar a María en un momento muy concreto de su vida: está embarazada y espera.

Quizá por haber contemplado tantas veces a María con Jesús en brazos, olvidamos que antes hubo meses de gestación. Hubo un cuerpo que cambiaba, días que transcurrían y preparativos para recibir a un hijo. El Evangelio de Lucas cuenta que María visitó a Isabel mientras ambas esperaban el nacimiento de sus niños. En aquel encuentro, Isabel reconoció lo que María llevaba en su vientre, y las dos mujeres pudieron compartir una alegría que todavía no era visible para todos.

Una fiesta nacida antes de Navidad

En el año 656, el décimo Concilio de Toledo estableció una celebración mariana para el 18 de diciembre. La fiesta de la Anunciación, fijada para el 25 de marzo, coincidía a veces con días de Cuaresma o con celebraciones pascuales que dificultaban dedicarle toda la solemnidad deseada. Los obispos eligieron entonces un día próximo a Navidad para honrar a la Madre de Jesús y el misterio de la Encarnación. Con el tiempo, aquella celebración llegó a conocerse como la Expectación del parto.

La fecha nos sitúa ante algo que ninguna madre puede apresurar por voluntad propia. María había dicho sí al anuncio del ángel, pero después tuvo que vivir cada día de ese sí. Aceptar un llamado no elimina la espera ni resuelve de inmediato las necesidades de la vida. Entre la promesa y el nacimiento había un camino que recorrer.

El Evangelio no nos dice qué sintió María en cada una de aquellas jornadas. Sería fácil atribuirle pensamientos que desconocemos. Sí nos muestra sus actos: escuchó, respondió y fue a acompañar a Isabel. Su espera no la dejó inmóvil ni encerrada en sí misma. En medio de lo que le estaba ocurriendo, pudo reconocer que otra mujer también necesitaba compañía.

¿Por qué se la llama Virgen de la O?

El nombre de Virgen de la O está relacionado con las grandes antífonas de Adviento, que comienzan con la exclamación «Oh» y expresan el deseo de que llegue el Mesías. La Iglesia las canta en los días anteriores a la Navidad. Ese sonido sencillo, sostenido en la oración, terminó dando un nombre popular a María en su espera.

Me conmueve la claridad de ese nombre. A veces esperamos algo y no encontramos palabras para decirlo. Una noticia médica, el regreso de alguien, la llegada de un hijo o el final de una situación difícil pueden ocupar nuestros pensamientos durante días. No todas las esperas se viven con la misma alegría. Por eso conviene escuchar a quien atraviesa una sin decirle enseguida cómo debería sentirse.

La imagen de María embarazada también ha quedado representada en el arte cristiano. Hay figuras que muestran su vientre crecido y otras en las que apoya las manos sobre él. Al verla así, la maternidad de María deja de parecernos una idea distante. Nos recuerda que Jesús vino al mundo a través de una mujer que lo llevó dentro de sí y lo dio a luz.

San Juan Pablo II, al hablar de esta antigua fiesta, pidió una atención particular hacia las madres que esperan un hijo. Es una invitación concreta. Puede comenzar por acompañar a una mujer a una consulta, ayudarla con una tarea, escuchar sus preocupaciones o respetar el silencio que necesita. También por comprender que algunas viven el embarazo en circunstancias difíciles y que una palabra ligera puede pesarles más de lo que imaginamos.

La esperanza que acompaña a esta advocación no exige fingir que todo es fácil. María nos acerca al tiempo que transcurre antes de recibir aquello que se espera. Y nos deja una pregunta para estos días previos a Navidad: cuando alguien a nuestro lado vive una espera, ¿sabemos detenernos y acompañarlo?

Un abrazo de Luz
Brinda Mair

Escrito por Brinda Mair** · Categorías: Advocaciones marianas, Blog, Ciencias Sagradas · Etiquetas: Adviento, Concilio de Toledo, María embarazada, maternidad de María

San Marcos de León: historia, símbolo y novena.

San Marcos de León: historia, símbolo y novena.San Marcos de León fue evangelista y su símbolo es el león. Su nombre está unido a uno de los cuatro Evangelios y a una devoción popular a la que muchas personas acuden cuando se sienten amenazadas o desean resolver un conflicto.

La tradición cristiana recuerda a Marcos como colaborador de san Pedro. También lo relaciona con la primera comunidad cristiana de Alejandría. Su fiesta se celebra el 25 de abril. Pero quizá lo más fácil de reconocer en una imagen sea el león que aparece a su lado. De ahí que, en la devoción popular, muchas personas lo llamen San Marcos de León.

El león de San Marcos

El león es el símbolo del evangelista. A veces aparece con alas y un libro abierto. Esa imagen pertenece a la iconografía cristiana; no significa que Marcos haya tenido que enfrentarse a una fiera de carne y hueso.

Sin embargo, la figura del león permite comprender por qué tantas personas recurren a él en momentos difíciles. Hay situaciones que se nos presentan como una fiera: una disputa que crece, una amenaza que no sabemos cómo detener o el temor de que alguien quiera hacernos daño. Cuando el miedo ocupa todo el espacio, hasta las palabras de otra persona pueden parecernos un ataque.

Una petición en medio del conflicto

La devoción popular a San Marcos de León expresa ese deseo de que la hostilidad se calme. Quien pide ayuda suele pensar en alguien concreto, pero también puede desconocer de dónde viene aquello que le causa temor. En la oración que sigue, la petición comienza sometiéndose a la voluntad de Dios y termina poniendo a esas personas a los pies del Cristo Cósmico.

Ese detalle invita a detenerse un momento. Cuando un conflicto nos hiere, podemos desear que el otro se acerque, que escuche o que deponga su agresividad. También nosotros necesitamos reconocer qué parte de nuestro miedo está hablando. Pedir que una situación cambie no nos exime de mirar con claridad lo que sucede ni de decidir cómo actuar.

Novena ininterrumpida a San Marcos de León

Prendo cirio y sahumerio
Rezo:
1 Padre Nuestro
1 Ave Maria
Pedido:

“Señor Dios, el Uno, si es Tu Voluntad, te pido por la intercesión de San Marcos de León, que pongas ante los pies del Cristo Cósmico a mis enemigos visibles y a mis enemigos invisibles, que son aquellos a quienes desconozco. Doy gracias porque ya está hecho.
Oh San Marcos de León, tú que desataste y desarmaste a la fiera más grande del mundo, desátale el corazón a mis enemigos de la ilusión, en particular a ………. (Decir nombre y apellido de la persona) para que vengan, que vengan, que nada los detenga, que corran, que corran, que nadie los socorra, que las calles se les acorten y los pasos se les alarguen, que lleguen a mí como mansos corderos, humildes, rendidos y postrados a los pies del Cristo Cósmico, así sea.”

Amén. Amén. Amén. Amén.
9 Glorias

Que el Espíritu nos guíe Siempre
Un abrazo de luz
Brinda Mair

Escrito por Brinda Mair** · Categorías: Blog, Ciencias Sagradas, Santoral · Etiquetas: Alejandría, evangelista, león, novena

El oficio profético y la fidelidad a Dios

El oficio profético y la fidelidad a DiosLos profetas centinelas de la Alianza custodian la fidelidad a Dios y revelan el oficio profético que también nos compromete en el presente. No fueron simples anunciadores de acontecimientos futuros. Fueron hombres llamados a mirar cada situación a la luz de Dios y a decir aquello que muchos no querían escuchar.
«¡Oh Rey de la creación! Puesto que tú las enseñaste a los profetas, ¿cuál es aquel modo con que enseñas las cosas futuras, tú para quien no hay nada futuro? ¿O más bien enseñas las cosas presentes acerca de las futuras?»
San Agustín, Confesiones, XI, 18, 24

La pregunta de san Agustín nos conduce directamente al misterio de la profecía. Para Dios nada es futuro, porque todo está presente ante Él. El profeta no recibe necesariamente una película anticipada de lo que sucederá. Muchas veces recibe la comprensión de aquello que ya está ocurriendo, de sus causas y de las consecuencias hacia las cuales conduce.

El profeta: llamado y vidente

En hebreo, el profeta recibe nombres muy significativos. El más frecuente es nabí, el llamado a hablar o quien habla por inspiración de Dios. También aparecen ro’eh y hozeh, que significan «vidente»: aquel que ve lo que Dios le muestra mediante visiones o sueños.

La palabra griega prophḗtēs designa a quien habla en nombre de otro. Con el tiempo se la relacionó especialmente con el anuncio de acontecimientos futuros, pero su sentido es mucho más amplio. El profeta es, ante todo, instrumento de Dios: hombre de Dios que recibe una palabra y la proclama porque el Espíritu lo impulsa.

Por eso, reducir la profecía a la adivinación del futuro es no comprender su verdadera dimensión. El profeta ve lo que los demás no ven, no siempre porque contemple un tiempo lejano, sino porque reconoce la presencia de Dios y descubre la gravedad espiritual de los hechos presentes.

En ellos, la fidelidad a Dios no se expresaba solamente mediante palabras. También se manifestaba en la responsabilidad de hablar cuando el silencio hubiera significado abandonar al pueblo a su extravío.

La palabra profética

En general, los profetas hablaron con un lenguaje poético de gran fuerza. Sus vaticinios contienen algunas de las expresiones más elevadas de la literatura bíblica. Sin embargo, en los libros proféticos también encontramos extensos pasajes en prosa, especialmente cuando narran hechos históricos, acciones simbólicas o experiencias de la vida del profeta. Esto se percibe con claridad en Jeremías, Ezequiel y Daniel.

Los escritos proféticos utilizan principalmente dos grandes géneros literarios: los oráculos y las narraciones.

  • Los oráculos son declaraciones solemnes proclamadas en nombre de Dios. Pueden ser de condena o de salvación y, con frecuencia, aparecen escritos en verso.
  • Las narraciones relatan la vida, las acciones y las experiencias de los profetas. Suelen estar escritas en prosa y nos ayudan a comprender mejor el sentido de la predicación profética.

Pero ni la belleza del lenguaje ni el anuncio de lo que vendrá constituyen el centro de su misión. La verdadera importancia de su labor radica en que fueron, en primer lugar, misioneros de su propio pueblo.

Profetas centinelas de la Alianza

Comprender a los profetas centinelas de la Alianza exige mirar más allá de sus anuncios y reconocer la responsabilidad que asumieron frente a su pueblo.

El profeta es el centinela de la Alianza. Ezequiel recibió esta imagen con toda su exigencia: el centinela debe permanecer atento y advertir al pueblo cuando se aproxima el peligro. No puede mirar hacia otro lado ni guardar silencio para evitarse problemas.

Si Israel conservó su religión y su fe, y se mantuvo firme en medio de un mundo idólatra, no fue solamente por mérito de la estructura religiosa oficial. Fue también gracias a los profetas que, a pesar de las persecuciones que padecieron, no desistieron de ser predicadores del Altísimo. Su fidelidad a Dios se sostuvo aun cuando proclamar su palabra significaba exponerse a la persecución.

Eran intermediarios entre Dios y el pueblo; eran, pues, la boca de Dios. Veían cada situación y cada hecho a la luz de Dios. Denunciaban la idolatría, pero también la injusticia, el abuso contra los débiles y el culto vacío de quienes cumplían exteriormente mientras su conducta negaba la Alianza.

Allí se reconoce el oficio profético: no consiste en decir aquello que agrada, sino aquello que permite al pueblo volver a Dios. El profeta puede anunciar condena, pero también salvación. Puede mostrar las consecuencias de una conducta y, al mismo tiempo, abrir una puerta al arrepentimiento y a la esperanza.

¿Cómo recibían la revelación?

La revelación de Dios era un hecho puramente sobrenatural. Con frecuencia, la Palabra llegaba sin ser buscada. A veces venía como respuesta a una súplica. Otras veces, Dios mismo adoctrinaba al profeta para que orase y prometía una revelación como respuesta a su petición.

También podía suceder que el profeta aguardara la palabra de Dios, como Habacuc, que permanecía en su puesto de guardia para ver qué le respondería el Señor. Las comunicaciones podían recibirse durante el sueño o en estado de vigilia. El éxtasis era comprendido como un estado diferente de la conciencia ordinaria, entre la vigilia y el sueño.

Cualquiera fuera el modo en que la palabra de Dios se manifestara, el profeta sentía un impulso moral para hablar. No era curiosidad, exhibición ni deseo de poder. Era una responsabilidad. Había escuchado y, por lo tanto, debía responder.

El problema de los falsos profetas

Los falsos profetas constituían una verdadera plaga en Israel. Para el pueblo sencillo y poco formado no siempre era fácil distinguirlos de los verdaderos. También ellos podían hablar en nombre de Dios, contar sueños y prometer prosperidad. Jeremías denunció a quienes proclamaban palabras que Dios no les había confiado y hacían que el pueblo se apoyara en la mentira.

La verdadera garantía de la misión del profeta era el elevado carácter moral de su enseñanza y una vida en conformidad con el criterio divino. No bastaba con acertar una predicción ni con impresionar a quienes escuchaban. El verdadero profeta conducía hacia Dios, llamaba a la conversión y asumía en su propia vida el peso de la palabra que proclamaba.

Este discernimiento sigue siendo necesario. También hoy abundan las voces que aseguran hablar en nombre de Dios, pero buscan admiración, obediencia o beneficio personal. La pregunta no debe ser solamente: «¿Se cumplió lo que dijo?». También debemos preguntarnos: «¿Su enseñanza conduce a la verdad, a la justicia y a una vida coherente con Dios?».

¿Somos hoy centinelas de la Alianza?

Hoy día, ¿somos nosotros centinelas de la Alianza? ¿Estamos al acecho de nosotros mismos? ¿Vemos cada situación y cada hecho a la luz de Dios? ¿Nos animamos a asumir el oficio de Cristo?

El cristiano participa de Cristo sacerdote, profeta y rey. Esto no significa atribuirse revelaciones ni anunciar calamidades. Significa aprender a escuchar, discernir y dar testimonio de la verdad con la propia vida. Antes de pretender vigilar al mundo, el centinela debe vigilar su corazón. Antes de señalar la infidelidad ajena, debe reconocer la suya.

La fidelidad a Dios comienza, entonces, por esa vigilancia interior. Nadie puede ser centinela de la Alianza si no está dispuesto a reconocer cuándo sus propios temores, deseos o intereses intentan ocupar el lugar de la voz divina.

El verdadero centinela no duerme mientras la Alianza se vacía de contenido. Tampoco grita por cualquier cosa ni confunde sus temores con la voz de Dios. Observa, ora, discierne y, cuando llega el momento, habla. Sabe que callar para conservar la comodidad también es una elección.

¿Nos animamos? Para reflexionar y decidirse.

Que el Espíritu nos guíe e ilumine siempre.
Brinda Mair

 

Escrito por Brinda Mair** · Categorías: Blog, Ciencias Sagradas · Etiquetas: Daniel profeta, San Agustín

Qué es un égregor y cómo actuar sobre él

Qué es un égregor y cómo actuar sobre élEl égregor es una energía creada por el dolor humano. Como habitante del umbral, se alimenta de nuestros miedos y del poder que sí le damos. Este cascarón se sostiene con la energía que recibe.

Un égregor se crea a partir de energías negativas emitidas por los seres humanos, tanto de forma colectiva como individual, en el ser multidimensional o grupo de almas. Un solo yo multidimensional o, dicho de otra forma, una persona puede crear un égregor si es sometido a un gran sufrimiento, como la tortura o una enfermedad prolongada con mucho dolor.

En esos casos, el ser inferior libera fragmentos de energía de su cuerpo etérico. Estos se van uniendo hasta formar una energía de dolor unificada que semeja un ente sin serlo. Carece de consciencia y de capacidad para subsistir durante mucho tiempo. Solo lo hará si encuentra alimento en más sufrimiento y dolor. En las Ciencias Sagradas se los llama «cascarones» y tienen distintos rangos de acción según su capacidad para moverse y actuar en el plano astral planetario. La energía que el égregor necesita le es suministrada, de forma consciente o inconsciente, por un ser humano.

Los egregores también se reconocen como entidades con cierta autonomía, pero su poder SIEMPRE les es dado por los seres humanos. No existen por sí solos. Aseguran su propia existencia resguardando los umbrales que nos permitirían ascender y, justamente, impidiéndonos hacerlo. Por eso se los llama «habitantes del umbral».

Se generan a partir de energías multidimensionales negativas, emitidas en distintos espacios y tiempos, que se agrupan y toman formas. No pertenecen ni a la luz ni a la oscuridad: son energías libres, sin consciencia. No sienten temor de Dios ni del demonio, lo cual los vuelve más peligrosos, porque los alimentan multidimensionalmente los miedos humanos, los rencores, los egoísmos, las avaricias y todos los defectos de los rayos cósmicos.

Los égregors vibran en el plano astral planetario y en el nivel de nuestro cuerpo etérico. Su existencia nos ayuda a incrementar nuestro karma personal. Para que un égregor desaparezca, se le debe quitar el poder que uno mismo le da. Pero no bastará con decirle simplemente: «Tú no existes, eres una creación mental mía»… Pues no, porque, al ser multidimensional, su fuerza es mayor y tiene poder sobre nuestros sueños y nuestros miedos más profundos, que puede alimentar mientras dormimos o estamos en estado de vigilia.

En cada chakra, incluidos los chakras de Ascensión, existe un égregor que vigila el umbral o portal del chakra y sostiene nuestras energías negativas asociadas a ese chakra. Se trata del égregor llamado habitante del umbral.

Hay otros égregors creados por el fenómeno de masas. Su furia forma una entidad que alimenta el fuego y busca un crisol: alguien que muera. Para comprender este tipo de égregor, sugiero escuchar esta canalización.

En Ciencias Sagradas hay técnicas especiales para destruirlos, pero —y siempre hay un pero—, al mismo tiempo que actuemos, el égregor actuará sobre nosotros. Como su energía principal es el fuego, puede que nos invada la fiebre. Además, como tiene amplio poder de acción sobre el mundo de los sueños y la octava dimensión, nos dormiremos aun sin estar nada cansados.

Hay energías que permanecen en este plano aun cuando su creador haya muerto físicamente. Tal suele ser el caso de las energías viuda negra.

Digo físicamente porque la muerte es simplemente un cambio de estado. Una persona que odia mucho y muere odiando quedará aquí, odiando y alimentando a un égregor. Sin embargo, como no tiene materia, su energía se desvanecerá con el tiempo, siempre y cuando no haya otro —generalmente, un familiar afín— que tome la posta y siga odiando…

Una forma positiva de trabajar para desarmar esta energía que hemos creado es mediante la adquisición de virtudes teologales.

Fe, para que la presencia de Dios en mí sea lo que mueva el mundo.

Fidelidad, para no traicionar al Cristo en mí y aplicar el concepto «la caridad bien entendida comienza por casa», siendo «casa» uno mismo.

La caridad verdadera comienza por uno mismo, creyendo que es posible CAMBIAR: reflejo puro de Misericordia con el Uno para ser Uno en el Espejo de otros.

Cuando hayas pedido cada virtud durante diez días, hasta completar un total de cuarenta días que te auguran la Presencia de Dios en tu vida, haz la Técnica de Diafanía o Iluminación.

El trabajo iniciático especial para trabajar sobre los égregors es Pirámide de Akkor, del taller Akkor, la Puerta de la Esperanza.

No hay égregor que se le resista.

Un abrazo desde el Alma
Brinda Mair

 

Escrito por Brinda Mair** · Categorías: Akkor, Blog, Ciencias Sagradas · Etiquetas: cuerpo etérico, plano astral, rayos cósmicos, virtudes teologales

Nuestra Señora de los Desamparados

Nuestra Señora de los DesamparadosNuestra Señora de los Desamparados nació en Valencia a comienzos del siglo XV. Se relacionó desde su origen con la protección de los enfermos mentales y de quienes vivían abandonados.

Aquel domingo de Cuaresma, fray Juan Gilabert Jofré se dirigía a predicar en la misa mayor de la Catedral de Valencia. Durante el trayecto encontró a unos muchachos que se ensañaban con un pobre «loco», como se llamaba entonces a quienes padecían enfermedades mentales. Intervino, detuvo la agresión y reprendió a los jóvenes. Luego continuó hacia la catedral, pero ¿cómo podía pronunciar el sermón que llevaba preparado después de lo que acababa de ver?

El fraile cambió su prédica. Habló de aquellos «inocentes» que vagaban por las calles, abandonados y expuestos a todo tipo de abusos. Seres que provocaban temor o burla porque los demás no siempre comprendían sus actos. Podían ser peligrosos para sí mismos o para otros, es cierto, pero también eran víctimas. Y encerrarlos, apedrearlos o dejarlos librados a su suerte no solucionaba nada.

Fray Juan Gilabert Jofré no se limitó a pedir compasión. Señaló una necesidad concreta: debía existir un lugar donde esas personas pudieran ser recogidas, protegidas y atendidas. Sus palabras encontraron eco y, apenas dos meses y medio después, comenzaron las obras del Hospital de los Inocentes.

El proyecto recibió el apoyo de Martín I el Humano. Allí, los acogidos tendrían alimento, refugio y asistencia médica. Esto último es lo verdaderamente revolucionario para la época, porque significaba comenzar a considerar que la pérdida de la razón requería cuidado y no castigo. El hospital llegó a ser reconocido como el primero de Europa dedicado exclusivamente a la atención de enfermos mentales.

Hoy la palabra «inocentes» puede confundirnos. No se refería solamente a personas sin culpa, sino también a quienes, por carecer de pleno entendimiento, quedaban expuestos a los demás. Y los demás podían ser muy crueles. ¿Acaso han cambiado tanto las cosas? Cambiaron los nombres, los diagnósticos y las instituciones, pero todavía hay personas que se divierten humillando a quien no puede defenderse y otras que observan, graban o simplemente siguen caminando.

El pueblo valenciano puso aquella obra bajo la protección de «Nostra Dona Sancta Maria dels Innocents». Con el tiempo, la advocación recibió el nombre de Nuestra Señora de los Inocentes y de los Desamparados, hasta ser conocida como Nuestra Señora de los Desamparados.

La Virgen de los Desamparados quedó así vinculada, desde su origen, con quienes no tenían familia, protección ni un lugar en la sociedad. No surgió primero una imagen para que después se inventara una obra piadosa a su alrededor. Ocurrió a la inversa: primero hubo un hombre tirado en la calle, después alguien que se detuvo a defenderlo y, finalmente, una comunidad que decidió construir un lugar para recibir a otros como él.

Eso cambia bastante el modo de comprender esta advocación. No se trata solamente de rezar a la Madre de los desamparados para pedir su ayuda. También se trata de descubrir cuándo somos nosotros quienes dejamos a alguien sin amparo. Porque se puede abandonar a una persona sin echarla de una casa: basta con no escucharla, no creerle, ridiculizar su sufrimiento o decidir que su problema nos molesta demasiado.

Hay momentos en que la realidad interrumpe nuestros planes. Fray Juan Gilabert Jofré se dirigía a dar una misa y se encontró con algo que no podía ignorar. Cambió su sermón y ese sermón contribuyó a crear un hospital. No todos podremos hacer una obra semejante, pero siempre podemos decidir de qué lado nos colocamos cuando presenciamos una agresión: del lado de quienes golpean, del lado de quienes miran o del lado de quien se detiene.

Tal vez allí se encuentre el sentido más actual de Nuestra Señora de los Desamparados. El desamparo no termina únicamente porque exista una institución o porque pronunciemos una oración. Termina cuando alguien ve al ser humano que los demás han dejado de ver y hace algo, aunque sea incómodo, para protegerlo.

Un abrazo de luz
Brinda Mair

Escrito por Brinda Mair** · Categorías: Advocaciones marianas, Blog, Ciencias Sagradas · Etiquetas: Catedral de Valencia, enfermos mentales, Martín I el Humano

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