Nosotros, los maestros espirituales, debemos enseñar a volar. Dar herramientas y compartir lo aprendido ayuda a crecer sin crear dependencia. Quienes nos decimos maestros debemos tener bien claro el equilibrio del dar y el recibir.
Debemos hacer servicio y enseñar a quienes nos escuchan a hacerlo, porque es bueno practicar la caridad. En la evolución del ser humano hay un momento en que debemos aceptar que otros sean caritativos con nosotros. Pero debemos comprender que esa ayuda corresponde a una etapa, sin acostumbrarnos a vivir de ella.
Los maestros espirituales debemos transmitir esa enseñanza. También debemos estar siempre dispuestos a enseñar a todo aquel que “despierta” al espíritu y lo necesita. Si tenemos conciencia de esta responsabilidad, pero aceptamos recibir y renunciamos a enseñar, generamos karma por omisión.
El maestro que nos enseñó a leer
Ante nuestro desconocimiento de la energía de la Fuente de Amor Divino, Dios, somos como niños en los primeros grados. Estamos ávidos de aprender lo que el maestro nos enseña. Detrás de cada aprendizaje descubrimos una nueva letra que nos conecta con el mágico mundo de los cuentos.
La Ley hermética de Correspondencia dice: “Así como es arriba es abajo”, así como es para el hombre, también debe ser para el espíritu.
¿Por qué entonces no recurrimos todos los días a nuestro maestro de primer grado para que lea por nosotros? Muy simple: porque él nos enseñó para que pudiéramos leer por nosotros mismos. Nos acompañó mientras lo necesitamos, pero quería que voláramos solos, sin su ayuda.
Nos dio seguridad en nuestros primeros intentos, hasta que nos fortalecimos y crecimos. Pasados los años, tal vez lo visitamos con un título de mayor importancia que el de maestro de escuela. Y se regocijó con nosotros, porque nuestro logro era el suyo.
Este desprendimiento, este desapego, lo pueden tener los hombres comunes de la Tierra que simplemente aman enseñar. ¿Qué está pasando entonces con quienes nos decimos maestros espirituales o aspiramos a serlo? ¿Por qué creamos, consciente o inconscientemente, dependencia en vez de enseñar a volar?
¿Qué nos falta, conocimiento o desapego? ¿Es tal vez miedo a que otro pueda superarnos? ¿O acaso todavía estamos insertos en las viejas escuelas de misterio, buscando secretamente seguidores?
Aprender a discernir y hacerse cargo
¿Por qué “leemos” todos los días para otros en lugar de enseñarles a leer?
Es cierto que también hay comodidad por parte de los alumnos. ¿Quién quiere hacer el esfuerzo de aprender a leer si hay alguien que se lo da ya procesado?
Es más fácil decir: “Yo no me equivoqué. Quien se equivocó fue fulano, que fue quien me lo dijo. Yo no sabía”.
¿O será tal vez lo correcto comenzar a hacerse cargo? Aprender, sentir, vibrar y discernir si lo que dijo fulano es para mí verdad o no. Y hacerme cargo de lo que digo.
Decimos que buscamos la Ascensión. Yo creo que muchos lo dicen sin saber lo que en realidad significa.
Morir a un estado para renacer a otro
La Ascensión corresponde a la vibración del color blanco. El blanco es símbolo de muerte, de mortaja. Es la muerte a un estado. Hay que morir para volver a resucitar.
Hay que morir a la ignorancia del espíritu para encontrar su sabiduría. Debemos renunciar a los apegos para renacer a la libertad del espíritu. Así, la Fuente de la Abundancia de todo lo bueno puede abrirse para nosotros.
La idea de la muerte asusta a la mayoría de la gente, porque trae aparejado dolor. Dolor por la pérdida. Y nuestra renuncia al ser que éramos merece un duelo, para darle la bienvenida al ser de Luz que somos en el espíritu.
Pero nos cuesta morir. ¿Por qué negarlo?
Quienes nos dedicamos a lo que yo hago estamos acostumbrados a morir. Lo hemos hecho una y otra vez y, pese a ello, aún nos duele cada nueva muerte. Somos humanos.
También es cierto que cada vez nos resulta más fácil. Sabemos que del otro lado nos aguarda el Cristo y un nuevo despertar más luminoso. Nuevos amigos espirituales se nos acercan, felices por nuestro regreso a Casa.
El compromiso con el espíritu no es de medio tiempo
En aquella etapa de mi vida, yo llamaba “espiar del otro lado” a vivir la espiritualidad a medias. Mientras tanto, el resto del tiempo me dedicaba a sufrir.
Quienes ahora hacen lo mismo aguardan que ocurra “algo” que cambie su realidad. Pero, verdaderamente, íntimamente desearían que nada cambiara en profundidad. Solo quieren que mejore aquello que desean. Y es justamente por ese “no” íntimo que nada cambia.
Nada cambiará si no damos un paso trascendental para cambiar nuestra realidad. Demasiada comodidad. El compromiso con el espíritu no es de medio tiempo.
Algunos dicen: “Yo recién empiezo”. Otros agregan: “Cuando los chicos crezcan, voy a tener más tiempo”. Y aparecen todas las explicaciones que se les pueda ocurrir dar.
Nuestro ser inferior se cree dueño de decidir los tiempos. Sin embargo, siento que la aceleración del karma, a nivel individual y colectivo, nos dejará sin elección. Tratamos desde 3D de postergar lo impostergable. Por mi parte, elijo transmutar karma en lugar de toparme con él, si me es posible.
Dar herramientas y enseñar a pescar
Pero, como dije antes, hay algo que no estamos haciendo los maestros de estos temas. Estamos dando, pero no estamos enseñando.
Es como quien recibe caridad, pero lo único que sabe es ir adonde le dan. Eso está bien en un determinado momento; no obstante, no siempre.
Cuando estamos “despiertos” al espíritu, tenemos conciencia de lo que podemos enseñar a quien lo necesita. Si no lo hacemos, generamos karma justamente por aquello que omitimos y admitimos.
Porque a quien aún está dormido le resulta mucho más cómodo pedir todos los días que le regalen pescado antes que aprender a pescar. O pedir un poco de lumbre para esa noche, en lugar de aprender a encenderla por sí mismo.
Mientras no tenga de dónde proveerse de la lumbre, se lamentará porque nadie le da y no le alcanza para comprarla. ¿Pero qué ocurriría si le regalaran teas y le enseñaran a encender su propio fuego? ¿O si le regalaran una caña y le enseñaran a pescar con ella?
Ya no tendría excusa. La Máscara se caería. Entonces se evidenciaría si en realidad quería aprender y hacer el esfuerzo, o si lo único que le interesaba era recibir y lamentarse.
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Enseñar a pescar es dar herramientas personalizadas. Esta es una. Escribe en el buscador “Música del alma” para saber un poco más sobre ella.
Enseñar también exige ponerse al servicio de la libertad de quien aprende.
Con amor incondicional y en Servicio.
Brinda Mair