
San Jeremías Profeta escuchó el llamado de Dios pese al miedo. Su vocación profética y su fidelidad nos invitan a responder con valentía. La Iglesia lo recuerda el 1 de mayo.
Jeremías era joven cuando recibió la misión de hablar a su pueblo en nombre de Dios. No comprendía por qué había sido elegido. Sentía que le faltaban las palabras y la capacidad necesarias para cumplir una tarea tan grande. Como Moisés, expresó su resistencia. Sin embargo, Dios no le pidió que dejara de sentir miedo antes de comenzar: le aseguró que estaría con él.
Vocación de Jeremías
El llamado que recoge el libro de Jeremías comienza antes de su nacimiento. Dios le dice que lo conocía y lo había consagrado para ser profeta de las naciones. Jeremías responde que no sabe hablar porque es demasiado joven. Entonces Dios le pide que vaya adonde lo envíe, que diga lo que le ordene y que no tema, porque estará con él para librarlo (Jeremías 1,4-10).
La Escritura cuenta también que Dios tocó su boca y le confió una palabra capaz de arrancar y derribar, pero también de edificar y plantar. Jeremías no había sido llamado solo para anunciar una desgracia. Debía advertir a su pueblo y exhortarlo al arrepentimiento, aunque ese mensaje le costara el rechazo de quienes tenía más cerca.
Por eso San Jeremías representa a quien siente el llamado de Dios a seguirlo en una misión y lucha internamente con sus miedos e inseguridades. Acepta, pese a todo, y hace lo que jamás habría hecho si hubiera seguido a su Ego.
La fidelidad cuando nadie quiere escuchar
Jeremías predicó durante los últimos años del reino de Judá. Vivió el intento de reforma del rey Josías y, más tarde, la oposición de otros gobernantes. Cuando dictó sus palabras a Baruc, el rey Joaquim quemó el rollo donde habían sido escritas. Jeremías volvió a dictarlas. En tiempos de Sedecías lo arrojaron a una cisterna con lodo, de la que fue rescatado. No eran dificultades imaginarias: su fidelidad a Dios lo dejaba expuesto ante el poder y ante su propio pueblo.
También se cansó. El libro conserva su queja ante las burlas y el sufrimiento que le provocaba anunciar un mensaje que nadie quería oír. En un momento llegó a decirle a Dios: «Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir» (Jeremías 20,7). Su entrega no borró el dolor ni las dudas. Allí está, precisamente, lo humano de su historia: siguió adelante sin dejar de sentir el peso de lo que vivía.
Jeremías anunció la destrucción de Jerusalén y llegó a presenciarla, hacia el año 586 antes de Cristo. Permaneció entre quienes habían quedado en Judá, hasta que un grupo lo llevó consigo a Egipto contra su voluntad. Una tradición antigua sostiene que murió allí apedreado por sus compatriotas, aunque la Biblia no relata su muerte.
La imagen de un hombre rechazado por los suyos ha llevado a muchos cristianos a encontrar semejanzas entre los sufrimientos de Jeremías y los de Jesús. Pero antes de convertir su vida en un símbolo, vale la pena mirar al hombre: habló cuando callar habría sido más cómodo, volvió a empezar cuando quemaron sus palabras y sostuvo su misión incluso después de ver destruida la ciudad que amaba.
Tal vez por eso su historia sigue cercana. ¿Cuántas veces sabemos lo que debemos hacer y nos detenemos porque tememos no estar preparados o porque otros no quieren escucharnos? Jeremías no esperó a sentirse capaz para responder. Dio un paso, y después tuvo que dar el siguiente.
Pide en este día su intercesión para decidirte a asumir tu destino, tu misión.
Un abrazo de luz
Brinda Mair
Frases y conceptos de San Agustín que nos servirán para conocerlo: “Fe es creer en aquello que no se ve… su recompensa es ver aquello en lo cual se creyó”.