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Jeremías Profeta

San Jeremías Profeta

San Jeremías ProfetaSan Jeremías Profeta escuchó la voz de Dios y mantuvo su fidelidad a Dios ante el desprecio, la caída de Jerusalén y el destierro en Egipto. Su nombre se ha interpretado como «Dios me eleva». Un profeta es quien transmite al pueblo la palabra que ha recibido de Dios.

«Tú me sedujiste, Señor, y yo me dejé seducir; tú eras el más fuerte, y me venciste» (Jer 20,7). En estas palabras se escucha la lucha interior de Jeremías: quiso apartarse de una misión que le traía sufrimiento, pero no pudo guardar silencio.

El santoral católico recuerda a Jeremías el 1 de mayo.

La llamada de San Jeremías comenzó antes de su nacimiento. Dios le dijo: «Antes de formarte en el vientre, te conocí; antes de que salieras del seno materno, te consagré» (Jer 1,5). Estas palabras hablan de su elección como profeta; no afirman que hubiese quedado libre del pecado original, como a veces se ha interpretado.

Como hiciera Moisés, Jeremías protestó. Dijo que no sabía hablar y que todavía era demasiado joven para llevar la palabra de Dios al pueblo. Pero el Señor tocó su boca y le confió una tarea difícil: anunciar la caída de aquello que debía ser arrancado y, también, la posibilidad de edificar y plantar de nuevo. La misma voz que le pedía denunciar el daño le hablaba de reconstrucción.

Durante años predicó de viva voz. Más tarde dictó sus palabras a su secretario Baruc, quien las puso por escrito. Su vida estuvo marcada por el sufrimiento y el peligro, incluso entre sus propios conciudadanos. Los exhortaba al arrepentimiento, pero muchos preferían no escucharlo.

Ahí se destaca su fidelidad a Dios. Jeremías podía lamentarse por el rechazo y, al mismo tiempo, decirle al Señor: «Tus palabras eran mi gozo y la alegría de mi corazón» (Jer 15,16). Su fidelidad no le evitó el dolor; lo sostuvo mientras seguía hablando.

El rey Josías emprendió una reforma religiosa, pero los años que siguieron fueron cada vez más difíciles para Judá. El rey Joaquim quemó el rollo que Jeremías había dictado a Baruc, y ambos tuvieron que escribirlo otra vez. En tiempos de Sedecías, los adversarios del profeta lo arrojaron a una cisterna donde había lodo. Allí pudo haber muerto si no lo hubiesen sacado.

Ni las amenazas ni la humillación consiguieron callarlo. Jeremías se cansaba, se quejaba ante Dios y sentía el peso de las burlas. ¿Quién podría hablar siempre de un peligro que los demás no quieren ver y permanecer indiferente a su desprecio? Su valentía no consistía en no tener miedo, sino en continuar a pesar de él.

Jeremías vivió con austeridad y padeció por el pueblo al que amaba. Anunció la destrucción de Jerusalén y fue testigo de la caída de la ciudad y del Templo, ocurrida en 587/586 antes de Cristo. Después permaneció entre quienes habían quedado allí, hasta que un grupo lo llevó consigo a Egipto contra su voluntad. La tradición cuenta que murió apedreado, aunque la Biblia no describe cómo terminó su vida.

Para muchos cristianos, su sufrimiento recuerda el de Jesucristo: ambos hablaron a los suyos y conocieron el rechazo. No hace falta confundir sus vidas para reconocer esa semejanza. Las palabras de Jesús sobre Jerusalén, que mata a los profetas y apedrea a quienes le son enviados (Lc 13,34), también hacen pensar en el destino que la tradición atribuye a Jeremías.

Hay un mensaje especial en su ministerio para quienes se han visto obligados a estar solos y sienten que sus esfuerzos no dan fruto. En Jeremías, lo que parecía un fracaso no borró el valor de su palabra. Su libro conserva buena parte de esa voz en forma poética: la poesía hebrea se apoya más en el ritmo y el paralelismo de las ideas que en la rima a la que suele estar acostumbrado el lector de habla castellana.

En El paraíso perdido, Milton escribió sobre el siervo de Dios que sostiene la causa de la verdad frente a una multitud adversa, con palabras más poderosas que las armas. Es una imagen que también ayuda a comprender a Jeremías. Habló cuando hubiera sido más fácil callar, y siguió amando a su pueblo aunque su pueblo no quisiera escucharlo.

Abrazos de luz
Brinda Mair

Escrito por Brinda Mair · Categorías: Blog, Santoral · Etiquetas: Jeremías Profeta

San Jeremías Profeta: el llamado de Dios y el miedo

San Jeremías Profeta: el llamado de Dios y el miedo

San Jeremías Profeta escuchó el llamado de Dios pese al miedo. Su vocación profética y su fidelidad nos invitan a responder con valentía. La Iglesia lo recuerda el 1 de mayo.

Jeremías era joven cuando recibió la misión de hablar a su pueblo en nombre de Dios. No comprendía por qué había sido elegido. Sentía que le faltaban las palabras y la capacidad necesarias para cumplir una tarea tan grande. Como Moisés, expresó su resistencia. Sin embargo, Dios no le pidió que dejara de sentir miedo antes de comenzar: le aseguró que estaría con él.

Vocación de Jeremías

El llamado que recoge el libro de Jeremías comienza antes de su nacimiento. Dios le dice que lo conocía y lo había consagrado para ser profeta de las naciones. Jeremías responde que no sabe hablar porque es demasiado joven. Entonces Dios le pide que vaya adonde lo envíe, que diga lo que le ordene y que no tema, porque estará con él para librarlo (Jeremías 1,4-10).

La Escritura cuenta también que Dios tocó su boca y le confió una palabra capaz de arrancar y derribar, pero también de edificar y plantar. Jeremías no había sido llamado solo para anunciar una desgracia. Debía advertir a su pueblo y exhortarlo al arrepentimiento, aunque ese mensaje le costara el rechazo de quienes tenía más cerca.

Por eso San Jeremías representa a quien siente el llamado de Dios a seguirlo en una misión y lucha internamente con sus miedos e inseguridades. Acepta, pese a todo, y hace lo que jamás habría hecho si hubiera seguido a su Ego.

La fidelidad cuando nadie quiere escuchar

Jeremías predicó durante los últimos años del reino de Judá. Vivió el intento de reforma del rey Josías y, más tarde, la oposición de otros gobernantes. Cuando dictó sus palabras a Baruc, el rey Joaquim quemó el rollo donde habían sido escritas. Jeremías volvió a dictarlas. En tiempos de Sedecías lo arrojaron a una cisterna con lodo, de la que fue rescatado. No eran dificultades imaginarias: su fidelidad a Dios lo dejaba expuesto ante el poder y ante su propio pueblo.

También se cansó. El libro conserva su queja ante las burlas y el sufrimiento que le provocaba anunciar un mensaje que nadie quería oír. En un momento llegó a decirle a Dios: «Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir» (Jeremías 20,7). Su entrega no borró el dolor ni las dudas. Allí está, precisamente, lo humano de su historia: siguió adelante sin dejar de sentir el peso de lo que vivía.

Jeremías anunció la destrucción de Jerusalén y llegó a presenciarla, hacia el año 586 antes de Cristo. Permaneció entre quienes habían quedado en Judá, hasta que un grupo lo llevó consigo a Egipto contra su voluntad. Una tradición antigua sostiene que murió allí apedreado por sus compatriotas, aunque la Biblia no relata su muerte.

La imagen de un hombre rechazado por los suyos ha llevado a muchos cristianos a encontrar semejanzas entre los sufrimientos de Jeremías y los de Jesús. Pero antes de convertir su vida en un símbolo, vale la pena mirar al hombre: habló cuando callar habría sido más cómodo, volvió a empezar cuando quemaron sus palabras y sostuvo su misión incluso después de ver destruida la ciudad que amaba.

Tal vez por eso su historia sigue cercana. ¿Cuántas veces sabemos lo que debemos hacer y nos detenemos porque tememos no estar preparados o porque otros no quieren escucharnos? Jeremías no esperó a sentirse capaz para responder. Dio un paso, y después tuvo que dar el siguiente.

Pide en este día su intercesión para decidirte a asumir tu destino, tu misión.

Un abrazo de luz
Brinda Mair

Escrito por Brinda Mair · Categorías: Blog, Ciencias Sagradas, Santoral · Etiquetas: Jeremías Profeta

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