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Al pan, pan y al vino, vino – La Máscara

Al pan pan y al vino vino - La MáscaraAl pan, pan y al vino, vino: los sistemas de creencias y la máscara que oculta lo que sentimos. Aprende a ver al Cristo en otros sin juzgar. La pose, la actitud, puede esconder otro sentir y otro pensar.

“Al pan pan y al vino vino” es una expresión del refranero popular que se aplica a llamar las cosas por su nombre.

Esta es una cualidad que identifica al plano físico, la 3D. Allí, los seres, los objetos y las circunstancias deben recibir un nombre para que podamos reconocerlos y, entonces, valorarlos.

¿Acaso nunca han estado en contacto con personas que reclaman “que no se anden con vueltas”? ¿Se han preguntado quién reclama eso? Pues el ego. Por lo general, el ego mental, que necesita definiciones y precisiones. Estas le permitirán juzgar si lo que escucha se ajusta o no a sus patrones de creencias.

Los egos y sus distintas formas de expresarse

En cambio, el ego emocional muchas veces da vueltas para decir las cosas porque “no quiere lastimar”. Él busca no lastimarse a sí mismo en el Espejo de los otros. Por eso, cuida a los demás como le gustaría que lo cuidasen a él.

Mientras tanto, el ego espiritual… Él, al mejor estilo del Cristo, necesita un lenguaje rico para poder expresarse. ¿Por qué? Porque ¿cómo explicar a Dios con la vulgaridad del lenguaje cotidiano?

Muchas veces, el ego mental y el espiritual se hermanan y crean un arte: el de la diplomacia. Según su conjunto de creencias, quien los observe actuar juzgará y dirá que se pusieron una máscara. Todo por no poder llamar “al pan, pan y al vino, vino”. ¿Tendrá razón o habrá algo más detrás de ello?

La máscara y los sistemas de creencias

La máscara se crea de forma consciente o inconsciente y puede ser temporal o permanente, según lo que amerite la ocasión. También puede convertirse en una actitud habitual para mostrarse ante el mundo. Cada participante en una situación, emisor o receptor, la percibe subjetivamente, conforme a sus sistemas de creencias.

Quien elige ponérsela cree que se verá mejor o logrará protegerse más si la usa. Lo guían en esa elección su desvalorización, el miedo a no ser aceptado si se muestra tal como es, etc.

Quien ve al portador de la máscara también decodificará lo que esta muestra a través de sus propias creencias. Quizás esa máscara sea un bien de familia valorado. O tal vez su experiencia en el mundo le haya enseñado a valorarla.

Entonces amará a quien la lleve y lo seguirá. Si no es así, la rechazará, aunque se trate de una máscara de oro que otros pudieran codiciar. Él no lo hará.

La máscara es, aparentemente, una de las estrategias más sencillas de reconocer y explicar. Por lo tanto, casi no se la explica: se acepta que existe y ya. Es la pose, la actitud, lo que se muestra en determinadas circunstancias y oculta otro sentir, otro pensar.

La diplomacia del mundo está llena de máscaras. Cualquiera que sea el uso que se les dé, guardan el deseo oculto de ser amado. También encierran la creencia de que, sin ellas, no se recibirá ese amor.

Reconocer las máscaras personales en los otros

La máscara es un buen recurso para cuidar egos emocionales inmaduros. También permite comenzar a estudiarse a uno mismo cuando se transita el camino de la liberación hacia la salida del laberinto. Una de las primeras etapas será identificar las máscaras personales en el Espejo de los otros.

¿Cómo reconocer una máscara si no se la tuviera adentro? ¿Acaso lo que vemos fuera no está presente en nuestra dinámica interna? Si no fuera así, no lo veríamos. Nos resultaría indiferente, no lo registraríamos. Simplemente, no existiría para nosotros porque sería ajeno a nuestro universo conocido.

Por esa razón, un hijo que se aleja de su padre porque detesta ciertas actitudes suyas puede descubrirse, años después, como un clon suyo. Lo tenía dentro. Su máscara de rebeldía juvenil no le permitió verlo porque se repolarizó y se creyó distinto. Con el paso de los años y la pérdida de la rebeldía, la máscara familiar, que siempre existió, se hizo visible.

Cuando la máscara cae y revela lo que ocultaba

Solo vemos en este mundo lo que creemos que existe. ¿Por qué? Porque todo lo que creemos lo creamos. Por eso, si pensamos en cosas negativas, cocreamos un universo similar. Eso es lo que dice la Ley del Mentalismo dentro de esta interpretación espiritual.

Esta ley va mucho más allá de pensar o decir cosas positivas para que todo esté bien. Eso es solo una parte de la verdad en el trabajo de evolución personal.

Desde esta mirada, las leyes cósmicas actúan sobre la multidimensionalidad, donde somos UNO con nosotros mismos en todas las épocas y momentos. Allí, nuestra energía existe replicada en el Eterno Presente.

En este espacio-tiempo, lo positivo, sin trabajar la sanación multidimensional, es solo una máscara “de positivo”. Y, como toda máscara, oculta otra realidad.

Esa “realidad oculta” proviene de algo que existe como memoria residual, aunque no podamos verlo. Puede pertenecer al pasado de esta vida o a nuestro ser multidimensional. Otra ley, la del karma, hará que la máscara caiga tarde o temprano. Así tendremos la oportunidad de ver lo que ocultaba y seguir aprendiendo, pero desde la otra cara de la moneda.

Para que se produzca la caída de la máscara, bastará con que se recréen las condiciones adecuadas. Es lo mismo que ocurre con una semilla capaz de conservar dormido su potencial de germinación durante miles de años. Cuando encuentra las condiciones adecuadas, vuelve a crecer.

Las semillas de nuestras experiencias y el karma

Todos tenemos nuestro campo energético lleno de semillas energéticas de las experiencias humanas de nuestro ser multidimensional. Las atraemos al espacio-tiempo donde se reúnen las condiciones para su manifestación. Somos capaces de dar buenas o malas cosechas. El estado de nuestros campos proporcionará las condiciones para unas u otras.

Los ámbitos donde nuestro espíritu puede actuar son nuestra alma, nuestros egos y nuestro Ser Superior. Nuestro trabajo “hacia adentro” se hará visible cuando el karma o aprendizaje pendiente llegue a nosotros.

El karma atraerá lo que le pertenece. Mientras tanto, la máscara ocultará lo que no queramos ver o aquello que, por karma, no podamos reconocer hasta el último momento. Sin duda, las condiciones de nuestros campos atraerán la Luz o la Oscuridad, el dharma o el karma. Porque aun en la contradicción de la 3D veremos la mano de Dios.

La máscara del mundo físico

Creemos lo que vemos. La imagen que nuestro cerebro 3D registra cobra fuerza mediante las creencias compartidas por quienes perciben esa misma realidad.

Desde esta concepción espiritual, todos los seres pensantes participan en la creación del mundo físico al creer que existe y que es inmodificable. Esa convicción se refuerza al pensar que la materia es sólida, tal como la vemos.

Lo que percibimos del mundo físico es su máscara, sostenida por los sistemas de creencias del conjunto. Como estamos en un universo kármico, esa máscara muestra el “valle de sudor y lágrimas”. También sostiene las creencias sobre el esfuerzo necesario para lograr fines, entre otras.

Es tan fuerte la ilusión de la máscara conjunta del universo tridimensional que ignorar sus efectos sería muy tonto. Nuestra energía toma forma en la materia para realizar la experiencia física en este plano. Esa materia contiene nuestros genes. En esta lectura simbólica, representan un punto de encuentro entre lo físico y lo energético.

Si la máscara de la 3D nos mostrara un determinado color de piel, no lo cambiaríamos simplemente con una orden frente al espejo. Aunque quisiéramos vernos con otra tez y permaneciéramos mucho tiempo ante él, el espejo no cambiaría. Si vemos el paso de los años por nuestro cuerpo, tampoco lo cambiarán el pensamiento positivo ni la negación de lo que muestra.

Podrá cambiar la energía que movilicemos. Sin embargo, ese cambio interior no implica que se reviertan las características físicas o el envejecimiento. Desde esta mirada espiritual, también debemos considerar el plan de vida de la Tierra y la Ley del Ritmo.

Pero el ser humano trata de hacer cualquier cosa para que su poder cocreador supere al Padre Creador. A veces busca modificar el fondo, como intenta hacerlo mediante la genética. Otras veces modifica la forma, la máscara, a través de la industria de la cirugía plástica, buscando detener el tiempo.

Desde una lectura espiritual, esa búsqueda puede tener un alto costo interior, según lo que oculte. Puede esconder miedos profundos a morir, al deterioro, a la vejez o al paso del tiempo.

La belleza y la vejez según las creencias de cada época

Todas las creencias son elaboradas por el conjunto de la sociedad y adquieren distintos valores según los lugares y las épocas. En ciertas representaciones del Renacimiento, una mujer muy delgada no habría encarnado el ideal de belleza elegido por pintores y escultores. En algunos contextos de Oriente Medio se han valorado más las formas voluptuosas que las menudas.

En Occidente, los modelos de delgadez pueden contribuir a la presión sobre la imagen corporal. Esa presión puede relacionarse con trastornos alimentarios, aunque estos tienen causas complejas y no se explican solo por las creencias. Tanto la anorexia como la obesidad extrema requieren una comprensión que no reduzca a la persona a su apariencia o a su energía.

En la Antigüedad, y también en determinadas sociedades orientales, pequeñas o patriarcales, la vejez se ha asociado con la sabiduría. Los distintos contextos temporales y sociales crean estereotipos: las máscaras que las sociedades ensalzan y buscan mostrar en su espacio y en su época.

La máscara de la enfermedad

Antes de profundizar en el tema, tomemos otra máscara: la máscara de la enfermedad. Dentro de esta interpretación espiritual, la Matriz en 3D decodifica un trastorno energético y le asigna el nombre de una enfermedad.

Cuando ese nombre aparece, puede cobrar fuerza en nuestra manera de percibirnos. Esta lectura simbólica no significa que nombrar una enfermedad la cause ni que evitar un diagnóstico impida que exista.

Hay mucha gente que busca al médico que ponga nombre a lo que tiene. Cuando lo encuentra, dice: “Me encontraron lo que tenía, finalmente”. Yo precisaría mucho más este hecho desde el trabajo interior. Además de recibir un diagnóstico, esa persona encontró a alguien que la ayudó a ponerle nombre a su experiencia.

Ese nombre puede proporcionar orientación y acceso a cuidados. Pero también puede convertirse en una máscara cuando la persona lo utiliza para definir toda su identidad. Mi reflexión apunta a esa identificación y a lo que hacemos con ella, sin negar la enfermedad ni la atención que necesita.

En la voz popular, alguien puede contar que fue al médico y recibió como explicación: “Tiene un virus”. Esa expresión no permite concluir que el profesional ignore lo que ocurre ni que el proceso sea necesariamente inocuo. Tampoco significa que un virus sin identificar carezca de capacidad para causar una enfermedad crónica.

Desde el trabajo espiritual, podemos observar qué despierta esa explicación en nosotros. ¿Nos tranquiliza? ¿Nos llena de miedo? ¿Nos hace sentir que estamos atravesando un proceso del que podremos salir? Allí es donde propongo mirar la máscara: en el significado que construimos alrededor de lo que vivimos.

El miedo y la identificación con el diagnóstico

Cuando recibimos un diagnóstico y se pone nombre a una enfermedad, el miedo puede ganar fuerza. También puede potenciarse al compartir la noticia con personas que la reciben con angustia. En ese sentido simbólico, la idea cobra vida en nuestro mundo emocional.

La fe puede acompañar ese proceso y ayudarnos a transformar nuestra relación con el miedo. No reemplaza la evaluación médica ni los tratamientos que correspondan. El trabajo interior se dirige a cómo atravesamos la experiencia, sin responsabilizar a la persona por haber enfermado.

Esto también merece cuidado cuando hablamos del síndrome de fatiga crónica. La encefalomielitis miálgica o síndrome de fatiga crónica es una enfermedad grave que puede limitar profundamente la vida cotidiana. Mi interpretación energética de la experiencia no permite reducir sus síntomas a creencias ni a una ilusión.

En el mundo de las ideas y las emociones, darle nombre a una creación humana puede hacer que cobre vida para nosotros. Dentro de esta mirada espiritual, eso tendrá un sentido bueno o malo conforme al karma de su cocreador. Así reflexiono sobre nuestra capacidad de crear a imagen y semejanza del Padre Creador.

¿Fantástico, no? De allí que, en el plano físico, la elección del nombre pueda condicionar muchas cosas en la vida. Dentro de esta interpretación, la máscara deberá actuar para que la energía del nombre se realice.

Ver al Cristo tras la máscara

La máscara es una herramienta muy importante en el camino del autoconocimiento. Lo será hasta que podamos reconocernos sin ella, por el valor de nuestro Cristo interno manifestado en el mundo, sin máscaras.

El desafío de todo ser humano en evolución es aprender a ver la energía que se oculta tras la máscara y trascenderla. Eso significa ir más allá de la clasificación que pudiera hacer el ego: buena o mala, afín o no afín. Se trata de ver lo que realmente existe y es tras ella.

Porque, si la máscara nos detiene y es el Cristo quien habla, perderemos el mensaje. Si la oscuridad se disfraza de Cristo, también podemos quedarnos en la apariencia sin sentir la energía oculta en sus palabras. Entonces descubriremos que caímos en las redes del abismo cuando despertemos.

Cuando las creencias impiden reconocer al Cristo

¿Cómo reconocer al Cristo y distinguirlo de los falsos cristos que el Maestro Jesús anunció? Ni siquiera Jesús de Nazaret fue reconocido por algunos de los más doctos de sus contemporáneos. Vieron la máscara y no a quien hablaba tras ella.

Los prejuicios sobre su procedencia aparecen en la pregunta de Natanael: “¿De Nazaret puede salir algo bueno?”, recogida en Juan 1,46. Esa pregunta no se refiere a Belén ni fue pronunciada por los doctores de la Ley.

En otro episodio, Jesús habló en la sinagoga de Nazaret sobre el cumplimiento de la Escritura, según Lucas 4,16-30. Sus oyentes se preguntaban si no era el hijo de José. El relato muestra cómo la familiaridad con su origen podía convertirse en un límite para recibir su mensaje.

Podemos imaginar la resistencia interior: “¿Acaso está diciendo que Él es el Mesías? ¿Cómo se atreve? ¿El hijo del carpintero?”. Son preguntas que expresan esa dificultad para ver más allá de la apariencia. La expectativa sobre la estirpe de David también formaba parte de las creencias mesiánicas.

Así, algunos no pudieron reconocerlo porque se detuvieron en la máscara del hijo del carpintero, sin percibir la energía de su mensaje. El miedo y el rechazo atravesaron el camino que terminó en su crucifixión bajo la autoridad romana. Ese desenlace no puede atribuirse a un único episodio ni a la responsabilidad colectiva de un pueblo.

Las apariencias y el juicio sobre los otros

¿Sería distinto si hoy caminara nuevamente sobre la Tierra? ¿Lo reconoceríamos más fácilmente o lo volveríamos a crucificar por nuestras creencias? ¿Hemos aprendido a ver tras la máscara?

¿Podemos hacerlo cuando la xenofobia nos hace percibir al otro como distinto? ¿O cuando sentimos que compite por un puesto de trabajo y nos quita posibilidades de empleo porque “se vende más barato”? Allí también aparece un juicio sobre el valor del otro, como ocurre cuando se juzga a una prostituta.

¿Cuánto hay de prostitución en una mujer que “se vende” al ocultarse tras la máscara del matrimonio por costumbre o conveniencia? Vende su cuerpo al hombre que no ama y, sin embargo, juzga a la prostituta. La otra también se vende a quien no ama por dinero, porque no tiene qué comer o porque actúa por conveniencia.

¿Acaso la máscara utilizada justifica más a una que a la otra? ¿Quién dice eso? ¿Quién las juzgará? Pues lo hará la sociedad en la que viven. Con frecuencia, aceptará la primera máscara, amparada por el rito de un matrimonio sin amor, y condenará a la segunda por prostituirse.

Sea como fuere, el Cristo no condenará a ninguna. Verá, en ambos casos, la necesidad de protección que ofrece el dinero circunstancial o la máscara de seguridad del matrimonio.

Debemos llegar al punto en que los juicios ajenos y el uso que otros hagan de sus máscaras no nos afecten. En ese momento, trascenderemos la máscara. Nuestro Espejo son los otros. Si criticamos, nos criticamos. Si juzgamos, seremos juzgados.

Y, sobre todo, perderemos muchas oportunidades si la máscara nos impide ver al Cristo en los otros. Actuará como barrera en la decodificación de la energía.

Reconocer una oportunidad detrás del dolor

Si la máscara nos detuviera, nos resultaría imposible ver al Cristo en el personaje de un jefe que nos despide del trabajo. Desde esta lectura espiritual, el Cristo en él, más allá del karma circunstancial, podría decirnos: “Deja este trabajo, te tengo otro mejor aguardándote. No mires atrás. Vibra y lo verás”.

Pero la persona puede estar tan angustiada que solo acumule odio y resentimiento en su interior. Llena su espacio de oscuridad y no puede ver la nueva oportunidad que se abrió. Esa interpretación no convierte el despido en algo deseable: propone buscar qué podemos hacer con lo ocurrido.

La separación y el duelo como oportunidad de renacer

O bien, el ser que amamos nos es infiel y sentimos que nos traiciona. En esta lectura simbólica, el Cristo tras su máscara podría decirnos: “Debes crecer y a mi lado ya no es posible. Por amor entre nuestras almas, aunque hoy parezca dolor, debo apartarme de tu camino. Tu vida cambiará para bien. ¡Ten fe!”.

Si la persona abandonada atraviesa su duelo, podrá renacer en un estado nuevo, en una nueva y buena vida. Pero si no termina de morir simbólicamente, si sigue odiando y reviviendo lo ocurrido, puede andar por este mundo como un alma en pena.

De ambos casos está lleno el mundo. Hay quienes resucitan, se encuentran a sí mismos y bendicen al que se fue. Si hubiera sido por ellos, jamás lo habrían dejado partir. Habrían sostenido una vida en común que era muerte, solo por creencias. Otros, años después, todavía siguen viendo la traición, sufriendo, sin poder soltar.

La traición y el aprendizaje del Amor Incondicional

Si este es su caso, piensen en la interpretación espiritual de la traición al Maestro Jesús. En ella, Judas Iscariote, el traidor, ocupa un lugar en la prueba de la Maestría. Desde esta mirada, el Maestro atravesó la traición sin quedar sujeto al odio. Hablo aquí de una lectura simbólica, no de una condición que otorgue a Jesús su identidad de Cristo.

En esa interpretación, el Cristo de Judas puso a su Maestro ante la prueba de la maestría. La traición es una asignatura para todo ser humano en evolución. Dentro de este mapa energético, está presente en el duodécimo chakra. De él debe brotar el Amor Incondicional después de la traición.

¡De cuántas cosas nos priva no poder ver al Cristo en los otros, tras la máscara! Para lograrlo, debemos trabajar en nosotros mismos, abrir nuestro corazón a la frecuencia crística y despertar al Cristo en nosotros.

¿Cómo sabremos que lo hemos logrado? Cuando no tengamos necesidad de juzgar ni de criticar a otros. Tampoco de compararnos sintiéndonos los peores. Ese será el punto de partida para el encuentro con nuestro Cristo Interior o Yo Superior. También será el momento de dejar de necesitar máscaras.

Que el Espíritu nos guíe siempre.
Con Amor Incondicional.
Brinda Mair

Escrito por Brinda Mair · Categorías: Autoconocimiento, Blog · Etiquetas: autoconocimiento, Cristo interno, ego mental, Estrategia La Máscara

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