Nuestra Señora de los Desamparados nació en Valencia a comienzos del siglo XV. Se relacionó desde su origen con la protección de los enfermos mentales y de quienes vivían abandonados.
Aquel domingo de Cuaresma, fray Juan Gilabert Jofré se dirigía a predicar en la misa mayor de la Catedral de Valencia. Durante el trayecto encontró a unos muchachos que se ensañaban con un pobre «loco», como se llamaba entonces a quienes padecían enfermedades mentales. Intervino, detuvo la agresión y reprendió a los jóvenes. Luego continuó hacia la catedral, pero ¿cómo podía pronunciar el sermón que llevaba preparado después de lo que acababa de ver?
El fraile cambió su prédica. Habló de aquellos «inocentes» que vagaban por las calles, abandonados y expuestos a todo tipo de abusos. Seres que provocaban temor o burla porque sus actos no siempre podían ser comprendidos. Podían ser peligrosos para sí mismos o para otros, es cierto, pero también eran víctimas. Y encerrarlos, apedrearlos o dejarlos librados a su suerte no solucionaba nada.
Fray Juan Gilabert Jofré no se limitó a pedir compasión. Señaló una necesidad concreta: debía existir un lugar donde esas personas pudieran ser recogidas, protegidas y atendidas. Sus palabras encontraron eco y, apenas dos meses y medio después, comenzaron las obras del Hospital de los Inocentes.
El proyecto recibió el apoyo de Martín I el Humano. Allí, los acogidos tendrían alimento, refugio y asistencia médica. Esto último es lo verdaderamente revolucionario para la época, porque significaba comenzar a considerar que la pérdida de la razón requería cuidado y no castigo. El hospital llegó a ser reconocido como el primero de Europa dedicado exclusivamente a la atención de enfermos mentales.
Hoy la palabra «inocentes» puede confundirnos. No se refería solamente a personas sin culpa, sino también a quienes, por carecer de pleno entendimiento, quedaban expuestos a los demás. Y los demás podían ser muy crueles. ¿Acaso han cambiado tanto las cosas? Cambiaron los nombres, los diagnósticos y las instituciones, pero todavía hay personas que se divierten humillando a quien no puede defenderse y otras que observan, graban o simplemente siguen caminando.
El pueblo valenciano puso aquella obra bajo la protección de «Nostra Dona Sancta Maria dels Innocents». Con el tiempo, la advocación recibió el nombre de Nuestra Señora de los Inocentes y de los Desamparados, hasta ser conocida como Nuestra Señora de los Desamparados.
La Virgen de los Desamparados quedó así vinculada, desde su origen, con quienes no tenían familia, protección ni un lugar en la sociedad. No surgió primero una imagen para que después se inventara una obra piadosa a su alrededor. Ocurrió a la inversa: primero hubo un hombre tirado en la calle, después alguien que se detuvo a defenderlo y, finalmente, una comunidad que decidió construir un lugar para recibir a otros como él.
Eso cambia bastante el modo de comprender esta advocación. No se trata solamente de rezar a la Madre de los desamparados para pedir su ayuda. También se trata de descubrir cuándo somos nosotros quienes dejamos a alguien sin amparo. Porque se puede abandonar a una persona sin echarla de una casa: basta con no escucharla, no creerle, ridiculizar su sufrimiento o decidir que su problema nos molesta demasiado.
Hay momentos en que la realidad interrumpe nuestros planes. Fray Juan Gilabert Jofré se dirigía a dar una misa y se encontró con algo que no podía ignorar. Cambió su sermón y ese sermón contribuyó a crear un hospital. No todos podremos hacer una obra semejante, pero siempre podemos decidir de qué lado nos colocamos cuando alguien es atacado: del lado de quienes golpean, del lado de quienes miran o del lado de quien se detiene.
Tal vez allí se encuentre el sentido más actual de Nuestra Señora de los Desamparados. El desamparo no termina únicamente porque exista una institución o porque pronunciemos una oración. Termina cuando alguien ve al ser humano que los demás han dejado de ver y hace algo, aunque sea incómodo, para protegerlo.
Un abrazo de luz
Brinda Mair




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