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Nuestra Señora de los Buenos Aires: historia y devoción

Nuestra Señora de los Buenos Aires: historia y devociónNuestra Señora de los Buenos Aires tiene su origen en Cerdeña y está vinculada a la Virgen del Buen Aire. Su historia acompaña la devoción de los navegantes y el nombre de la capital argentina. Su fiesta se celebra el 24 de abril.

Detrás de un nombre que pronunciamos todos los días hay una historia de viajes, peligro y esperanza. Para quienes se embarcaban siglos atrás, llegar a destino era una incertidumbre. Dejaban tierra firme sin saber si volverían a ver a su familia.

En ese mundo, la protección de María tenía un sentido cercano. Los marineros le confiaban sus vidas cuando el viento y el agua parecían decidirlo todo.

La imagen que llegó del mar

El origen de esta devoción se encuentra en Cagliari, en la isla italiana de Cerdeña, donde está el santuario de Bonaria. Allí, los religiosos mercedarios custodian una imagen de María con el Niño Jesús.

Según la tradición del santuario, el 25 de marzo de 1370 una embarcación fue sorprendida por una fuerte tormenta cerca de aquellas costas. Ante el peligro de hundirse, los tripulantes comenzaron a arrojar su carga al mar.

El relato cuenta que, cuando echaron una caja que contenía una imagen de la Virgen, la tempestad se calmó. La caja llegó a la costa, al pie de la colina de Bonaria, y fue recogida por los mercedarios.

En su interior encontraron a María con el Niño en el brazo izquierdo y un cirio en la mano derecha. La tradición añade que la llama permanecía encendida.

Este episodio pertenece al relato religioso transmitido alrededor de la imagen. Conviene reconocerlo como tal, sin confundir la tradición piadosa con un acontecimiento documentado en todos sus detalles.

La escena conserva, además, un significado que puede comprender cualquiera que haya atravesado una situación límite: cuando todo parece perderse, una luz permite volver a mirar.

De Bonaria al nombre de Buenos Aires

La devoción a la Virgen de Bonaria se difundió entre los navegantes. En lengua española, su título se expresó como Nuestra Señora del Buen Aire. Así, una advocación venerada en el Mediterráneo quedó vinculada a las travesías hacia América.

En 1536, Pedro de Mendoza estableció el primer asentamiento español de Buenos Aires. Su denominación, Real de Nuestra Señora Santa María del Buen Ayre, recogía aquella devoción marinera.

Más tarde, en la segunda fundación de 1580, Juan de Garay llamó al nuevo asentamiento Ciudad de la Trinidad. El puerto, sin embargo, mantuvo la referencia a Santa María de los Buenos Aires. Con el tiempo, el uso cotidiano terminó por consagrar el nombre de Buenos Aires.

Por eso, al hablar de Nuestra Señora de los Buenos Aires, también nos acercamos a una memoria religiosa que permanece dentro del nombre de la ciudad. Muchas personas lo pronuncian sin conocer ese vínculo.

La Virgen del Buen Aire recuerda a quienes buscaron protección antes de una travesía. Aquella necesidad humana sigue siendo reconocible, aunque hayan cambiado los barcos y las distancias.

El Niño y la luz que sostiene María

La imagen de Bonaria presenta a María de pie, con Jesús en brazos y un cirio. Esos elementos permiten una lectura cristiana sencilla: María lleva a Cristo y ofrece una luz a quienes buscan orientación.

Desde esta mirada, el cirio puede recordarnos la fe que ayuda a atravesar la incertidumbre. Su claridad alcanza para reconocer el próximo paso, incluso cuando todavía no vemos cómo terminará el camino.

La presencia del Niño también importa. En medio de una historia de peligro aparece una madre sosteniendo una vida frágil. Esa imagen acerca la devoción a la experiencia de cuidar y ser cuidado.

Una devoción presente en la ciudad

En el barrio porteño de Caballito se encuentra la basílica de Nuestra Señora de Buenos Aires, en la avenida Gaona 1730. Su historia está ligada a los padres mercedarios y a la continuidad de esta advocación en la Argentina.

La celebración del 24 de abril permite recordar ese vínculo entre la ciudad, María y los navegantes. También invita a detenerse en una necesidad que atraviesa los siglos: encontrar amparo cuando nuestras fuerzas parecen insuficientes.

Podemos reconocer esa experiencia en quien espera noticias de un familiar, pierde su trabajo o debe empezar de nuevo lejos de su casa. Hay momentos en que una persona necesita que alguien permanezca a su lado mientras encuentra cómo seguir.

La devoción puede expresarse también en ese gesto concreto. Escuchar sin apresurar, ofrecer ayuda, acompañar una espera. Cuando alguien atraviesa su propia tormenta, nuestra presencia puede ser la primera señal de que todavía tiene una orilla a la cual llegar.

Escrito por Brinda Mair** · Categorías: Advocaciones marianas, Ciencias Sagradas · Etiquetas: Bonaria, Cerdeña, mercedarios, navegantes

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