La solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús celebra el amor de Cristo.
La Iglesia contempla en su corazón el amor humano y divino con el que se entregó por todos. Es una invitación a conocerlo a través de sus actos y a preguntarnos cómo respondemos a ese amor.
Quizás hayas visto su imagen en una casa, una iglesia o una pequeña estampa. Jesús muestra su corazón, rodeado de espinas y encendido en llamas. Sin embargo, podemos reconocer esa imagen y desconocer la historia que hay detrás. ¿Por qué se representa así? ¿Qué se celebra en su solemnidad?
Cuándo se celebra el Sagrado Corazón de Jesús
Su solemnidad se celebra el viernes siguiente al segundo domingo después de Pentecostés. Es una fecha móvil que depende de la Pascua. Para contarla, se toman los dos domingos posteriores a Pentecostés y luego el viernes de esa segunda semana.
El primer domingo después de Pentecostés corresponde a la Santísima Trinidad. En los lugares donde Corpus Christi se celebra en domingo, esta festividad ocupa el segundo. El viernes siguiente llega la solemnidad del Corazón de Jesús.
La palabra solemnidad señala una celebración del rango más alto dentro del calendario litúrgico. Por tanto, aunque algunas personas conozcan poco esta fecha, tiene una importancia especial para la Iglesia católica.
Conviene distinguirla de los primeros viernes de mes, que son una práctica devocional. También del Inmaculado Corazón de María, cuya memoria corresponde al sábado siguiente a esta solemnidad. Son celebraciones relacionadas, pero diferentes. Además, junio está tradicionalmente dedicado al Corazón de Jesús.
Qué significa contemplar el corazón de Jesús
Cuando hablamos del corazón de alguien, pensamos en su manera de sentir, amar y responder a la vida. Decimos que una persona tiene buen corazón cuando su conducta revela generosidad. Esa expresión nos lleva a sus decisiones: cómo escucha, qué comparte y qué hace ante el dolor ajeno.
En la fe católica, la devoción se dirige a Jesucristo mismo. Su corazón de carne recuerda que el Hijo de Dios asumió nuestra humanidad. Conoció el afecto, la tristeza y la angustia. Amó con un corazón humano.
Los Evangelios permiten acercarnos a ese amor. Jesús se detiene ante el enfermo, escucha a quienes otros intentan callar y comparte la mesa con personas despreciadas. También llora ante la muerte de Lázaro. Su cercanía se vuelve visible en lo que hace.
Hay dos escenas especialmente importantes para comprender esta devoción. Durante la Última Cena, el discípulo amado se recuesta junto al pecho de Jesús (Juan 13, 23). Después, cuando Jesús ha muerto, un soldado atraviesa su costado y brotan sangre y agua (Juan 19, 34).
La tradición cristiana ha reconocido en ese costado abierto la entrega de Cristo y una fuente de vida para la Iglesia. El corazón expresa así un amor que se ofrece hasta el final.
Cómo nació esta celebración
La devoción fue creciendo a lo largo de los siglos. Durante la Edad Media, santas como Gertrudis de Helfta profundizaron en la contemplación de la humanidad de Jesús y de su costado herido.
Más tarde, san Juan Eudes impulsó su celebración litúrgica. Compuso textos para honrar al Corazón de Jesús y promovió una fiesta en sus comunidades, celebrada el 20 de octubre de 1672. Esa fecha pertenece a la historia de su desarrollo; la solemnidad actual sigue el calendario pascual.
Por entonces vivía en Francia una religiosa de la Visitación: Margarita María de Alacoque. Había ingresado en el monasterio de Paray-le-Monial. Desde 1673, según sus escritos, recibió manifestaciones de Jesús que dieron un gran impulso a esta devoción.
En esos relatos, Cristo le muestra su corazón y la invita a corresponder a su amor. Aparece también el llamado a reparar la ingratitud y las ofensas, especialmente las relacionadas con la Eucaristía.
Margarita encontró dificultades para que sus experiencias fueran comprendidas. El jesuita san Claudio de la Colombière la acompañó y ayudó a discernirlas. Con el tiempo, la devoción se difundió más allá del monasterio.
La Iglesia reconoce estas experiencias como revelaciones privadas. Su función es ayudar a vivir la fe; no añaden un nuevo Evangelio ni obligan a todos los creyentes a adoptar una devoción particular.
En 1856, el papa Pío IX extendió la fiesta a toda la Iglesia. Por eso, comprender su historia requiere mirar tanto sus antiguas raíces cristianas como el impulso que recibió en Francia.
Las llamas, las espinas y la herida
La imagen del Sagrado Corazón de Jesús reúne varios signos. Las llamas representan la intensidad de su amor. La corona de espinas recuerda los sufrimientos de la Pasión. La cruz remite a su entrega, mientras que la herida evoca el costado atravesado por la lanza.
Estos símbolos orientan la mirada hacia Jesús. Incluso cuando el corazón aparece destacado sobre el pecho, su sentido permanece unido a la totalidad de su persona.
El amor y la herida aparecen juntos. Es algo que podemos comprender desde nuestra experiencia: amar nos vuelve sensibles a lo que sucede con el otro. La indiferencia de alguien querido puede doler más que la hostilidad de un desconocido.
Sin embargo, los Evangelios muestran que Jesús sigue acercándose a las personas. Su entrega nos permite pensar qué hacemos con nuestras propias heridas y cómo evitamos convertirlas en nuevas heridas para los demás.
Los primeros viernes y el sentido de reparar
Entre las prácticas vinculadas a esta devoción está la comunión de los nueve primeros viernes de mes consecutivos. Procede de las experiencias narradas por santa Margarita María. La promesa asociada a ella se refiere a la perseverancia final: llegar al término de la vida en amistad con Dios.
La Iglesia pide comprender esta práctica desde la fe, el arrepentimiento y la vida sacramental. Su sentido se pierde si se convierte en un cumplimiento automático, desligado de nuestra manera de vivir.
También se relacionan con esta espiritualidad la adoración eucarística, las letanías y la consagración personal o familiar. Consagrarse expresa la decisión de confiar la propia vida a Cristo y orientar hacia Él las decisiones cotidianas.
La palabra reparación merece detenernos. En esta devoción significa responder con amor a las ofensas y a la ingratitud. Incluye la oración, el reconocimiento del pecado y la voluntad de cambiar.
Además, tiene consecuencias en el trato con los demás. Si hemos humillado a alguien, pedir perdón supone reconocerlo. Si difundimos una mentira, corresponde rectificarla. Cuando abandonamos una responsabilidad, reparar exige volver sobre nuestros pasos.
Hay daños que no pueden deshacerse por completo. Aun así, podemos dejar de justificarlos, escuchar a la persona herida y asumir lo que nos corresponde. La reparación comienza a tomar forma en esas decisiones.
La solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús acerca el amor de Cristo a nuestra vida diaria. La imagen que contemplamos puede recordarnos a quien espera una respuesta, necesita ayuda o lleva tiempo soportando nuestra indiferencia.
Tal vez conozcamos las palabras de una oración y todavía nos cueste pronunciar una disculpa. Esa conversación pendiente también tiene un lugar en nuestra vida de fe.