• Skip to main content
  • Aviso Legal
  • Cookies
  • Privacidad
  • Tienda
  • Mapa de sitio

CanalizandoLuz

Encuentra tu camino hacia la iluminación

  • Inicio
  • Lo Destacado
  • Mapa de sitio
  • Contacto

canalización

Memorias de una psíquica, experiencias paranormales

Memorias de una psíquica

Memorias de una psíquica reúne mis experiencias paranormales desde la adolescencia. Relata el aprendizaje de vivir con telepatía y empatía en lo cotidiano. Son pasajes de mi propia vida.

A muchos, el anuncio del arribo de la telepatía les encanta porque les hace sentir especiales. Les augura la posibilidad de conectar con seres de luz para recibir instrucción, sin haber tenido que recorrer el camino que los prepararía. Todo ocurriría simplemente porque llegó el momento y el planeta empuja hacia ello.

Desde esta perspectiva, el ascenso parece inevitable, del mismo modo que una parturienta no puede evitar dar a luz. Esto sucede aunque no se sienta preparada, emocional ni mentalmente, para ser madre y asumir la responsabilidad de tener un hijo.

Así ocurre con los dones cuando irrumpen en nuestra vida. Lo ponen todo patas arriba porque no nos hemos preparado para su llegada. ¿Cómo prepararse? ¿Qué se puede esperar?

En Claves de Enoc se utiliza, para referirse a la telepatía, el término telepensamiento. Allí se lo describe como una capacidad vinculada con la sincronización del merkabah y el tercer ojo. Esa conexión permitiría acceder a universos superiores para recibir instrucciones que favorezcan la evolución.

El libro aclara que, para ello, el hombre deberá crear un sistema reticular compatible con la recepción de señales de ese nivel. Esto requeriría recorrer el sendero de la evolución personal a través del autoconocimiento superior.

A todos nos gustaría que ese proceso fuera fácil e inmediato. Lograrlo nos aseguraría un buen uso del poder entrante. Sin embargo, este actúa sobre nuestros cuerpos inferiores. Además, nuestro cuerpo físico está afectado por la energía de la Vieja Tierra y de la tercera dimensión (3D).

Por ello, se requieren tiempo, dedicación y esfuerzo para ver sus frutos, como ocurre con cualquier siembra en la Tierra. Primero llega la germinación; después, los frutos y, finalmente, la cosecha. El aprendizaje es la siembra. Su cuidado nos llevará algún día a hacer buen uso de nuestras capacidades psíquicas.

¿Qué puede ocurrir si el desarrollo de la capacidad psíquica llega sin preparación previa? ¿Qué sucede cuando no se han adquirido las virtudes y los dones del Espíritu Santo? Desde la enseñanza espiritual que sigo, son ellos los que nos mantienen en equilibrio y preparan el sustrato para atraer mensajes de la luz.

Lo que significa ser psíquica y empática

Debería comenzar por definirme. ¿Qué soy yo? Pues me reconozco como psíquica. Este es el espíritu de estas Memorias de una psíquica. En mi experiencia, esto incluye la telepatía y la empatía como fenómenos paranormales.

Si solo se fuera telépata, se sería como una radio, sin cables ni tecnología agregada, conectando mente con mente. Pero ¿quién, en este plano, separa su mente de sus emociones? Uno piensa, siente y vibra casi al mismo tiempo. Y el sentir nos vuelve empáticos.

Sentimos al otro y caminamos sobre sus pies. Si podemos diferenciarnos lo suficiente, sin dejarnos arrastrar por la marea de su energía, tal vez podamos hacer algo. Primero, aprender a vivir con ese supuesto poder. Después, intentar utilizarlo para el bien.

Para explicarlo, les relataré algunas de mis experiencias. Así podrán evaluar lo que representa, en la vida diaria, tener la facultad de la telepatía siendo, a su vez, empática.

Entiendo la telepatía como una capacidad de recibir mensajes de otras mentes que se encuentran en el mismo rango de frecuencia. Por lo general, uno es receptor y el otro emisor. Aunque la comunicación podría ser bidireccional, en mi experiencia no siempre lo era.

A los catorce años, después de la muerte de mamá

Durante el primer año de desarrollo de mis percepciones psíquicas, sin ninguna ayuda, me pasó de todo. Fue a los catorce años, después de la muerte de mi madre, quien como crisol me hacía de pararrayos. Así comprendí después el lugar que había ocupado su energía en mi vida.

¿Se imaginan? ¡Catorce años! Uno quiere ser como todos los chicos de su tiempo, no convertirse en un bicho raro. Bastante tiene con aquello que no puede manejar en su interior. A eso se suma la dificultad de encontrar su lugar en el mundo.

Mi vida por aquellos días no era fácil. Tras la muerte de mamá, mi hermana y yo tuvimos que ir a vivir con mi abuela paterna. Mi refugio, mi forma de evasión, era estudiar. Estudiar mucho: una droga antigua, hoy casi caída en desuso.

En ese tiempo conocí a Jorge, mi primer noviecito, al que me unía el amor por la música. Fue un muy buen amigo y compañero. Seguramente muchos contratos del alma nos habrían unido en aquel momento. No hubiera podido superar todo aquello sin su acompañamiento. Pese a no ver ni sentir lo que yo experimentaba, él me creía.

Las visiones aparecían como diapositivas a todo color que ni siquiera podía asociar con algo conocido. Irrumpían en mi realidad sin previo aviso y muchas veces causaban conflicto.

Mi personalidad todavía se estaba formando. Desde mi comprensión espiritual, aquel canal abierto en medio del desequilibrio emocional permitía el ingreso de cualquier energía. Eso puede ocurrir a cualquier edad: para mí, la dificultad no está en los años, sino en la falta de armonía.

Pasó mucho tiempo hasta que lo que veía comenzó a relacionarse con el mundo físico y a ayudarme de alguna manera. Mientras tanto, las experiencias surgían en cualquier momento.

Las visiones y las voces que no podía controlar

A veces caminaba de la escuela a casa, veía un árbol o un parque y mi mente volaba hacia allí. Ni siquiera sabía adónde iba. Me atraía un sentimiento de paz, tan extraño en mi vida en aquel tiempo. Al volver en mí, podía encontrarme discutiendo con quien tenía a mi lado, sin saber de qué se trataba la conversación.

Recuerdo especialmente una clase de inglés en el secundario. De repente dejé de ver el aula. Ante mí apareció el rostro de un hombre joven que me observaba a través de los barrotes de una celda. Él parecía tan sorprendido de verme como yo de verlo a él.

No me hablaba o, si lo hacía, yo no lo escuchaba. Con los años interpreté que escuchar requería una alineación especial entre el octavo y el noveno cuerpo. La relacioné con la frecuencia que abre la música del alma del canal de luz alfa omega personal. En mi caso, esa alineación tardó años en llegar.

Poco a poco, la imagen comenzó a desdibujarse. Cuando tomé conciencia nuevamente de mi entorno, la profesora me estaba retando porque yo no le respondía.

Las visiones venían en cualquier momento y jamás creí que podría controlarlas. Lo más peligroso ocurría cuando andaba en bicicleta o, más tarde, en moto para ir a trabajar. Mi mente se iba, sin que yo lo advirtiera, a participar de un diálogo. Mientras tanto, seguía conduciendo como si un GPS invisible me llevara a destino.

Por precaución, comencé a elegir calles casi desiertas. Aquello me asustaba mucho. Cuando volvía en mí, estaba próxima a llegar, pero no recordaba el camino recorrido. Nunca tuve un accidente, aunque sabía que podía ocurrir. Si un animal se cruzaba o pasaba sobre un bache, podía terminar por los aires.

Otras veces escuchaba voces de personas que no veía. Comenzaban como un murmullo lejano y crecían hasta impedirme escuchar a quien tenía a mi lado.

Estaba con Jorge en la puerta de mi casa y, de pronto, dejaba de escuchar su voz. Otra conversación se imponía, como si dos personas hablaran en medio de nosotros. Sus voces superaban las del plano físico, pero ni siquiera podía entender qué decían. Sentía susto y miedo a enloquecer.

Él no escuchaba lo que yo oía. Sin embargo, como me quería, me tomaba las manos y me ayudaba a volver. Fueron días terribles, a los que sucedieron años de oscuridad. Me despertaba por la noche gritando porque las voces gritaban en mi cabeza.

Hubo un tiempo en el que no me atrevía ni a rezar. Cuando entraba en la oración, las voces comenzaban. Me mantuvo conectada con la vida la creencia de que, si Dios existía, iba a salir adelante. Algún día me liberaría.

Mi abuela, en su deseo de ayudarme, me llevó a cuantos curanderos y escuelas espirituales encontró. En aquel tiempo, el acceso a las enseñanzas que después me ayudarían era muy limitado. Nadie de quienes consultamos pudo ayudarme entonces. Gracias a Dios, atravesé aquel período refugiándome en el estudio.

También estudié parapsicología para intentar comprender qué me sucedía. No me resultó demasiado útil: estudiar un fenómeno no equivale necesariamente a experimentarlo. Las cosas comenzaron a mejorar veintitrés años después de aquellas primeras experiencias, cuando empecé a estudiar Ciencias Sagradas.

Con los años, algunos iniciados de mis talleres se acercaban a contarme experiencias que no se atrevían a compartir con sus familias. Me decían: “Si yo les contara lo que experimento, me internan”. Conocía demasiado bien ese temor a no ser comprendido.

Yo solo quería ser una persona normal

Nunca quise ser especial. Jamás quise canalizar, como tantos hoy lo desean. Conocen el dicho: “No pidas eso, no sea cuestión de que te lo den”.

La gente quiere ver para encontrarse, supuestamente, con ángeles o seres de luz. Pero, desde lo que he vivido, uno no ve necesariamente lo que quiere ver. Ve lo que puede percibir por su nivel de vibración y lo interpreta de acuerdo con el ego que lo gobierna. Es algo que conviene considerar antes de pedir a Dios un don que todavía no se manifiesta.

Yo solo quería disfrutar del mundo sin ver ni sentir más allá de lo esperado. Quería dormir sin despertarme por mis propios gritos, año tras año. Durante mucho tiempo me desperté sintiéndome arrastrada, sin ver nada ni saber qué ocurría. Llegué a preguntarme qué sucedería el día en que no lograra despertar de una de aquellas experiencias.

Intenté vivir como los demás, pero no tuve éxito. Lo que hago llegó por añadidura. Buscando mi propia salida, encontré un camino que también resultó útil para otras personas que se reconocían en mis experiencias de empatía paranormal.

Por eso me cuesta entender a quienes ven en esto un futuro regalado. Imaginan que un supuesto ser de luz les dirá qué hacer y les quitará la responsabilidad de hacerse cargo de sus vidas. Hasta quisieran evitar la posibilidad de equivocarse.

A veces observo falta de prudencia, desconocimiento y una falsa fe adornada con palabras floridas y ciencia caída. A ello se suma la arrogancia de un Ego espiritual que necesita renombre. Tengo la sensación de que muchas personas no alcanzan a ver el borde del precipicio por el que caminan.

Pareciera que los cánones han variado. A algunos les gustaría tener cualidades especiales para destacarse, como los superhéroes de X-Men. No comprenden que aquello es una ficción y que, llevado a la vida real, no es lo que aparenta.

No soy nadie para decirles qué es lo mejor. Solo puedo contarles lo que significa recibir un don cuando uno no está preparado, tenga la edad que tenga. Aun aprendiendo de la experiencia, hay que vivir con eso. También hay que aceptar que algunas cosas no podrán vivirse como las viven quienes no perciben lo mismo.

Lo que cambiaba en la vida cotidiana

La telepatía y la empatía no afectan únicamente los momentos de práctica espiritual o de canalización. También modifican la vida de todos los días.

Recuerdo la última vez que viajé en tren. Un hombre se sentó a mi lado y se durmió, agotado por el cansancio físico. Yo percibía lo que interpretaba como su cuerpo etérico liberado durante el sueño. Lo acumulado en su cuerpo mental me parecía una masa gelatinosa y densa que se movía alrededor de su cuerpo físico. Me cambié rápidamente de asiento y terminé regresando en taxi.

También hubo una última vez en que subí a un remís. Percibí la mente del conductor congestionada, densa, como si atravesara un gran problema. Así sentía aquella energía: como un nido de serpientes.

Comencé a descomponerme; lo que percibía solía afectarme el plexo solar. Le pregunté si le sucedía algo y me respondió que estaba muy bien. Sin embargo, la sensación que recibía era diferente. De golpe, sentí que toda aquella carga me caía encima.

La desesperación fue tal que casi me arrojé del auto en movimiento, dos manzanas antes de llegar. Terminé bajando antes de mi destino. Entonces me planteé por qué no compraba un auto y conducía yo. Poco después lo hice.

Me llevó mucho tiempo poder conducir un automóvil. Descubrí que en la ciudad podía mantener mejor la atención porque la circulación me exigía estar pendiente del plano físico.

En cambio, en las rutas sin tráfico me resultaba difícil. Si conducía durante más de media hora, tendía a entrar en lo que experimentaba como un trance. Mi atención se desplazaba hacia mensajes que atribuía a seres del camino o a quienes intentaban comunicarse conmigo por Internet o teléfono.

Algo parecido me ocurría en el cine. Si la película despertaba emociones intensas en la sala, para mí la acción dejaba de estar en la pantalla. La sentía a mi alrededor, en los pensamientos y las emociones que percibía de quienes me rodeaban. Perdía el hilo de la historia y terminaba saliendo sin ver la película completa.

Cuando comencé a viajar para impartir seminarios en distintos países, tampoco sabía cómo me afectarían esos desplazamientos. Sentía que mis guías me llevaban en misión y que no percibía del mismo modo que en mi lugar habitual.

Por respeto a mi ser inferior, comencé a llegar unos tres días antes de cada actividad. Necesitaba que mi mente se familiarizara y equilibrara con lo que percibía como el inconsciente colectivo del país.

Los dos primeros días solían ser difíciles, con cientos de voces y presencias del lugar. Y, como al tercer día el Maestro resucitó, yo también podía sentirme parte de ese sitio y trabajar sin mayor problema.

Aprender a poner límites al servicio

Cuando ofrecí los primeros servicios en la lista Merkabah de CanalizandoLuz, los mantenía disponibles solo durante veinticuatro horas. Mucha gente se enojaba conmigo. Me escribían: “¿Qué clase de servicio es este que solo se da por veinticuatro horas?”.

La razón, para mí, era muy clara. Mientras abría la puerta de CanalizandoLuz al servicio, sentía que también abría la puerta a las mentes de quienes llegaban.

El deseo humano es como una serpiente que se enrosca alrededor del objeto deseado. Las innumerables voces que percibía al mismo tiempo podían producirme un dolor de cabeza intolerable. En ese nivel ni siquiera lograba reconocer lo que decían.

Podía soportarlo si no duraba más de veinticuatro horas. Era el esfuerzo que entonces podía hacer para ofrecer un servicio y conservar mi equilibrio. Tuve que aprender a reconocer ese límite.

Los lazos familiares y la dificultad de diferenciarse

En mi experiencia, todo esto se profundiza aún más en los lazos familiares. Uno siente lo que el otro experimenta y, pese al autoentrenamiento, puede encontrar dificultades para desprenderse. Yo relacionaba esa intensidad con nuestra genética compartida.

Cuando un familiar atravesaba un estado depresivo, podía sentir que se aferraba a mí como a una tabla de salvación. Lo percibía como si tuviera muchas frazadas sobre el cuerpo. Mi propio cuerpo pesaba y, aun sin sentirme deprimida, actuaba como si lo estuviera.

Eso me recuerda a la película E.T. El niño parece estar ebrio en la escuela cuando, en realidad, quien ha bebido es E.T. Entre ambos se ha creado un lazo psíquico. Esa escena se parece a lo que intento explicar cuando hablo de un empático paranormal.

¡Cuánto más difícil sería si uno ya tuviera tendencia a la melancolía o a deprimirse! Podría hacer suya la energía que percibe y creer que ese estado le pertenece. Incluso encontraría algo que le hubiera ocurrido para justificarlo.

También sentía la influencia de familiares con una mente poderosa, miedo a morir o culpa por algún hecho. En ocasiones me resultaba difícil dormir o ir a trabajar. ¿Saben cuánto tiempo y trabajo interno me llevó aprender a diferenciar lo que recibía?

Desde mi comprensión espiritual, los primeros contactos no garantizan una comunicación con planos superiores. Pueden estar atravesados por nuestros problemas personales y familiares, o por lo que identifico como el astral bajo.

Por eso desconfío del afán de abrir la puerta a lo que venga para destacarse como canalizador. Un nombre rimbombante no basta para reconocer el origen de un mensaje.

Solo al ir superando esas interferencias comencé a encontrar mayor claridad. A veces se abría una brecha entre los lazos que me ataban a los problemas personales y familiares. Entonces podía recibir el rango de instrucción que mi vibración me permitía alcanzar.

Lo que fui comprendiendo con los años

Queridos amigos: al revisar lo escrito, me descubro riéndome de mí misma. Aunque por momentos esto se parezca a una sátira, son pasajes de mi propia vida. Durante mucho tiempo no estuvo clara para mí la finalidad de lo que estaba viviendo.

Con los años encontré un sentido a esa experiencia. Recordé el Sagrado Corán y el atributo de Allah, el que todo lo ve. Sentí que Él me había preparado para acompañar a otros.

Muchas personas podían encontrarse, de improviso, en aquel punto donde todo había comenzado para mí. Sin alguien que sostuviera sus manos con ciencia espiritual, fe, empatía y experiencia, ese tránsito podía resultar terrible.

Así lo han sabido mis iniciados y quienes participaron en los foros de amigos de Canalizandoluz. Allí les pedía que esbozaran su pregunta sin demasiados detalles. Lo importante era formularla desde el corazón y pedir a su Cristo interior que la respuesta llegara, si correspondía, por mi intermedio. Si era Gracia de Dios, con gusto se la daría.

Quiero compartir también un logro que, visto solo desde la 3D, podría parecer una tontería. Después de leer estas memorias, tal vez comprendan mejor lo que significó para mí.

Cuando escribí estas líneas, estaba transitando la tercera vuelta de Akkor al Adan Kadmon, que comencé a canalizar en 2008. Habían sido más de tres años de trabajo continuo en Akkor-La puerta de la Esperanza. Buscaba alinearme con la frecuencia que entonces llegaba.

En la vida cotidiana, eso significaba que mi cuerpo físico comenzaba a encontrar un equilibrio. Podía atravesar una plaza céntrica durante una campaña electoral, entre personas que competían y se enfrentaban, sin sentirme afectada como antes.

Podía disfrutar de las salidas y separar mi mente de la de mis familiares, incluso cuando sentía que me recordaban con insistencia. Era un logro sencillo y enorme a la vez. Yo sabía cuánto había costado. Quienes recorren estos caminos podrán comprenderlo.

Discernir antes de dar crédito a un mensaje

Queridos amigos del alma: estén alertas. Si comienzan a recibir mensajes que anuncian nombres importantes para llamar su atención, examinen lo que reciben. No den por hecho, de inmediato, que canalizan maestros.

Recuerden que, desde la perspectiva espiritual que comparto, hay muchas voces en los planos con los que uno puede entrar en contacto. Sin visión espiritual ni práctica en el discernimiento, es como encender una radio en otro país sin conocer la emisora.

Uno desconoce si esas voces corresponden a seres con cuerpo físico, al plano astral planetario, al inconsciente colectivo o a universos de luz. No basta con escuchar palabras. Hay que discernir la energía tras las palabras en el canal abierto.

Ese aprendizaje requiere humildad. En mi experiencia, la Misericordia también puede alertarnos de que algo no está tan bien como aparenta.

Si tienen problemas personales y los tapan con canalizaciones de entidades supuestamente superiores, el deseo de renombre puede convertirse en un anzuelo. Desde mi lectura espiritual, esa apertura puede terminar en una relación de sometimiento a lo que se recibe. La viví como una energía capaz de invadir la vida y afectar los vínculos familiares mediante la activación de crisoles.

Trabajen en la autosanación emocional y mental. En la enseñanza que sigo, la armonía permite que nuestros dones se manifiesten con luz. Relaciono esa búsqueda con el Camino del Medio del Árbol de la Vida.

Examinen si lo que reciben tiene coherencia dentro de ese marco espiritual y puede ponerse a prueba mediante las leyes herméticas.

Céntrense en su Cristo interior y condúzcanse con honestidad y respeto hacia sus maestros y sus mayores. Pidan siempre poder verse a sí mismos tras la Máscara. Descubrir los propios errores es necesario para poder subsanarlos.

Sean humildes: la humildad lleva al hombre a descubrir a Dios en lo simple. Si por libre albedrío eligen seguir a su Ego Rey coronado de El Reino, el karma terminará decidiendo por ustedes. Ante la duda, vuelvan a preguntarse quién los gobierna y consulten con su ser superior.

Estén, como dicen los chamanes, “al acecho de sí mismos”.

En el CD de Uniendo Universos en servicio compartí técnicas canalizadas para centrarse en el Cristo interior. El autoentrenamiento busca ayudar a permanecer allí, mejorar las relaciones y abrirse a la luz.

Pero recuerden: aprendan a no desear aquello que los ata a otros. No sea que las serpientes del deseo que envían regresen por el Espejo a su canal empático y terminen padeciéndolas ustedes mismos.

Seguiremos, Dios mediante, hablando de este tema desde distintos enfoques.

Que Dios los bendiga.
Que el Espíritu nos guíe siempre.
Brinda Mair

Escrito por Brinda Mair · Categorías: Autoconocimiento, Blog · Etiquetas: canalización, clarividencia, discernimiento, empatía paranormal, paranormal, percepción extrasensorial, telepatía

  • Aviso Legal
  • Cookies
  • Privacidad
  • Tienda
  • Mapa de sitio

Todos los derechos reservados © 2001–2026 · Canalizandoluz.com · Registrado en Safe Creative · Whatsapp Administración +34 645163986 · Log in