
La construcción de la Kaaba de la Meca se atribuye a Abraham y a su hijo Ismael, de cuya tribu descendieron los árabes. Abraham recibió de Dios la orden de que la Kaaba —o Meca— fuera centro de peregrinación y llamó a toda la humanidad a visitarla. El Corán lo reconoce como apóstol del monoteísmo puro y universal.
En cuanto a la Piedra Negra, colocada por Abraham y su hijo en el ángulo sur, se trata de un meteorito incrustado en una hornacina de plata. El Profeta afirmó: “Descendió a la tierra más blanca que la leche, pero los pecados de los hijos de Adán la volvieron negra”. Para los fieles, la Kaaba de la Meca concentra el eje de la oración común.
Cuanto más se acercan los creyentes a la Kaaba, más comprenden que los movimientos rituales hacia ella, desde cualquier lugar del mundo, simbolizan que todos convergen en el Uno y que todo el mundo es el santuario.
El Profeta dijo: “Dios ha bendecido a mi comunidad al otorgarle la superficie de la tierra entera como santuario”.
Quien peregrina a la Kaaba de la Meca experimenta esa unidad en acto, y esta misma vivencia se extiende a todo creyente que ora orientado hacia la Kaaba de la Meca desde cualquier lugar del mundo.
En la peregrinación a la Meca (hajj), el musulmán que llega al área sagrada se despoja de su ropa, se purifica y viste dos piezas de tela sin costuras, entrando en estado de ihrâm. Así, se acerca a la Kaaba para realizar la circunvalación (tawâf) de siete vueltas, invocando a Dios. Después visita los lugares históricos y culmina con el sacrificio de un carnero, en memoria del de Abraham.
La Kaaba, conocida como Baitullah o “casa de Dios”, recuerda al Sancta Sanctorum judío que albergaba el Arca de la Alianza. Sin embargo, su interior está vacío, conteniendo solo una cortina llamada “cortina de la Clemencia divina” (Rahmah). En esa vacuidad, la Kaaba de la Meca mantiene su función de centro simbólico del mundo.
Fuente: La Kaaba, del libro “El arte del Islam”, Titus Burckhardt.
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