Los profetas centinelas de la Alianza custodian la fidelidad a Dios y revelan el oficio profético que también nos compromete en el presente. No fueron simples anunciadores de acontecimientos futuros. Fueron hombres llamados a mirar cada situación a la luz de Dios y a decir aquello que muchos no querían escuchar.
«¡Oh Rey de la creación! Puesto que tú las enseñaste a los profetas, ¿cuál es aquel modo con que enseñas las cosas futuras, tú para quien no hay nada futuro? ¿O más bien enseñas las cosas presentes acerca de las futuras?»
San Agustín, Confesiones, XI, 18, 24
La pregunta de san Agustín nos conduce directamente al misterio de la profecía. Para Dios nada es futuro, porque todo está presente ante Él. El profeta no recibe necesariamente una película anticipada de lo que sucederá. Muchas veces recibe la comprensión de aquello que ya está ocurriendo, de sus causas y de las consecuencias hacia las cuales conduce.
El profeta: llamado y vidente
En hebreo, el profeta recibe nombres muy significativos. El más frecuente es nabí, el llamado a hablar o quien habla por inspiración de Dios. También aparecen ro’eh y hozeh, que significan «vidente»: aquel que ve lo que Dios le muestra mediante visiones o sueños.
La palabra griega prophḗtēs designa a quien habla en nombre de otro. Con el tiempo se la relacionó especialmente con el anuncio de acontecimientos futuros, pero su sentido es mucho más amplio. El profeta es, ante todo, instrumento de Dios: hombre de Dios que recibe una palabra y la proclama porque el Espíritu lo impulsa.
Por eso, reducir la profecía a la adivinación del futuro es no comprender su verdadera dimensión. El profeta ve lo que los demás no ven, no siempre porque contemple un tiempo lejano, sino porque reconoce la presencia de Dios y descubre la gravedad espiritual de los hechos presentes.
La palabra profética
En general, los profetas hablaron con un lenguaje poético de gran fuerza. Sus vaticinios contienen algunas de las expresiones más elevadas de la literatura bíblica. Sin embargo, en los libros proféticos también encontramos extensos pasajes en prosa, especialmente cuando narran hechos históricos, acciones simbólicas o experiencias de la vida del profeta. Esto se percibe con claridad en Jeremías, Ezequiel y Daniel.
Los escritos proféticos utilizan principalmente dos grandes géneros literarios: los oráculos y las narraciones.
- Los oráculos son declaraciones solemnes proclamadas en nombre de Dios. Pueden ser de condena o de salvación y, con frecuencia, aparecen escritos en verso.
- Las narraciones relatan la vida, las acciones y las experiencias de los profetas. Suelen estar escritas en prosa y nos ayudan a comprender mejor el sentido de la predicación profética.
Pero ni la belleza del lenguaje ni el anuncio de lo que vendrá constituyen el centro de su misión. La verdadera importancia de su labor radica en que fueron, en primer lugar, misioneros de su propio pueblo.
Profetas centinelas de la Alianza
Comprender a los profetas centinelas de la Alianza exige mirar más allá de sus anuncios y reconocer la responsabilidad que asumieron frente a su pueblo.
El profeta es el centinela de la Alianza. Ezequiel recibió esta imagen con toda su exigencia: el centinela debe permanecer atento y advertir al pueblo cuando se aproxima el peligro. No puede mirar hacia otro lado ni guardar silencio para evitarse problemas.
Si Israel conservó su religión y su fe, y se mantuvo firme en medio de un mundo idólatra, no fue solamente por mérito de la estructura religiosa oficial. Fue también gracias a los profetas que, a pesar de las persecuciones que padecieron, no desistieron de ser predicadores del Altísimo.
Eran intermediarios entre Dios y el pueblo; eran, pues, la boca de Dios. Veían cada situación y cada hecho a la luz de Dios. Denunciaban la idolatría, pero también la injusticia, el abuso contra los débiles y el culto vacío de quienes cumplían exteriormente mientras su conducta negaba la Alianza.
Allí se reconoce el oficio profético: no consiste en decir aquello que agrada, sino aquello que permite al pueblo volver a Dios. El profeta puede anunciar condena, pero también salvación. Puede mostrar las consecuencias de una conducta y, al mismo tiempo, abrir una puerta al arrepentimiento y a la esperanza.
¿Cómo recibían la revelación?
La revelación de Dios era un hecho puramente sobrenatural. Con frecuencia, la Palabra llegaba sin ser buscada. A veces venía como respuesta a una súplica. Otras veces, Dios mismo adoctrinaba al profeta para que orase y prometía una revelación como respuesta a su petición.
También podía suceder que el profeta aguardara la palabra de Dios, como Habacuc, que permanecía en su puesto de guardia para ver qué le respondería el Señor. Las comunicaciones podían recibirse durante el sueño o en estado de vigilia. El éxtasis era comprendido como un estado diferente de la conciencia ordinaria, entre la vigilia y el sueño.
Cualquiera fuera el modo en que la palabra de Dios se manifestara, el profeta sentía un impulso moral para hablar. No era curiosidad, exhibición ni deseo de poder. Era una responsabilidad. Había escuchado y, por lo tanto, debía responder.
El problema de los falsos profetas
Los falsos profetas constituían una verdadera plaga en Israel. Para el pueblo sencillo y poco formado no siempre era fácil distinguirlos de los verdaderos. También ellos podían hablar en nombre de Dios, contar sueños y prometer prosperidad. Jeremías denunció a quienes proclamaban palabras que Dios no les había confiado y hacían que el pueblo se apoyara en la mentira.
La verdadera garantía de la misión del profeta era el elevado carácter moral de su enseñanza y una vida en conformidad con el criterio divino. No bastaba con acertar una predicción ni con impresionar a quienes escuchaban. El verdadero profeta conducía hacia Dios, llamaba a la conversión y asumía en su propia vida el peso de la palabra que proclamaba.
Este discernimiento sigue siendo necesario. También hoy abundan las voces que aseguran hablar en nombre de Dios, pero buscan admiración, obediencia o beneficio personal. La pregunta no debe ser solamente: «¿Se cumplió lo que dijo?». También debemos preguntarnos: «¿Su enseñanza conduce a la verdad, a la justicia y a una vida coherente con Dios?».
¿Somos hoy centinelas de la Alianza?
Hoy día, ¿somos nosotros centinelas de la Alianza? ¿Estamos al acecho de nosotros mismos? ¿Vemos cada situación y cada hecho a la luz de Dios? ¿Nos animamos a asumir el oficio de Cristo?
El cristiano participa de Cristo sacerdote, profeta y rey. Esto no significa atribuirse revelaciones ni anunciar calamidades. Significa aprender a escuchar, discernir y dar testimonio de la verdad con la propia vida. Antes de pretender vigilar al mundo, el centinela debe vigilar su corazón. Antes de señalar la infidelidad ajena, debe reconocer la suya.
El verdadero centinela no duerme mientras la Alianza se vacía de contenido. Tampoco grita por cualquier cosa ni confunde sus temores con la voz de Dios. Observa, ora, discierne y, cuando llega el momento, habla. Sabe que callar para conservar la comodidad también es una elección.
¿Nos animamos? Para reflexionar y decidirse.
Que el Espíritu nos guíe e ilumine siempre.
Brinda Mair




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