El bautismo es un rito multidimensional. Cada estado de conciencia abre una conexión con el Espíritu y nos invita a despertar interiormente. Desde esta mirada espiritual, atravesamos muchos bautismos.
¿Por qué es multidimensional? Porque un salto de conciencia hacia el Espíritu Divino, en cualquier espacio-vida, repercute en el Eterno Presente.
Desde esta perspectiva, el Espíritu Santo nos bautiza cada vez que despertamos a un estado de conciencia. Sin embargo, como por lo general somos sordos y ciegos de espíritu, no escuchamos que nos dan un nombre nuevo. Ese nombre es secreto y nos servirá para avanzar al próximo estado de conciencia: nuestro próximo alfa omega.
La palabra bautismo procede del griego baptizein, que significa «sumergir». San Juan el Bautista anunció que él bautizaba con agua y que llegaría otro que bautizaría con Espíritu Santo y fuego.
El Maestro Jesús es Verbo, Palabra en acción. Antes de su partida de este plano, anunció a los apóstoles que les enviaría al Paráclito.
En la fiesta que la Iglesia católica celebra como Pentecostés, los apóstoles recibieron al Espíritu Santo, manifestado mediante lenguas como de fuego. Ese bautismo de fuego les permitió manifestar sus dones.
Durante nuestra vida espiritual, atravesamos muchos bautismos. Sin embargo, la mayor parte pasan inadvertidos debido a nuestros velos o, en el lenguaje de estas enseñanzas, nuestros implantes de limitación. Estos no nos permiten discernir lo que está ocurriendo cuando atravesamos esas experiencias.
Por tal motivo, se nos hace casi imprescindible tener «mediadores» en esa conexión. Antes buscábamos sacerdotes, y aún hoy seguimos buscándolos. De acuerdo con nuestra creencia, acudimos a ellos para que provean la mediación necesaria para restablecer nuestra conexión con Dios.
Desde esta mirada espiritual, existen muchos bautismos, aunque la Iglesia católica reconozca un único bautismo sacramental que no se repite. Hablo de los despertares interiores que podemos experimentar a lo largo de nuestra vida.
El Espíritu nos bautiza cada vez que despertamos a un estado de conciencia. En ese despertar, podemos recibir un nombre secreto que nos acompañará hacia el próximo estado.
En la tradición ortodoxa existe un rito de imposición del nombre, distinto del bautismo. Esta práctica religiosa puede evocarnos el sentido espiritual de recibir un nombre al comenzar una nueva etapa.
Desde mi interpretación, algo semejante ocurre al «bautizar» las casas: se entrega al dueño el nombre de un protector del lugar. En cada bautismo, el cielo envía protectores a «custodiar el templo» bendecido, ya sea una persona, un lugar o un animal.
Que el Espíritu nos guíe siempre.
Con Amor Incondicional
Brinda Mair




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