Ser musulmán es aprender a vivir en tawhid: la unidad de Dios que ordena la vida por dentro y por fuera. Nace en la entrega confiada (islam): reconocer que Dios es Uno, cercano y misericordioso, y que el corazón encuentra su reposo cuando se alinea con Su voluntad. Desde ahí brotan claridad, disciplina serena y una paz que no depende del ruido del mundo.Por dentro, este camino da dirección (saber para qué vives), pureza de intención (intención recta ante Dios) y fortaleza (carácter templado). La oración cinco veces al día (salat) marca el ritmo del alma y la devuelve al centro; la recitación del Corán educa la mirada; el recuerdo de Dios (dhikr) limpia el corazón y lo hace más sensible a la compasión.Los cinco pilares son una escuela completa del corazón. La shahada afirma la verdad fundante: no hay dios sino Dios y Muhammad es Su Mensajero. La oración ordena el día y une intención y gesto. La zakat te libra del apego y sostiene al necesitado. El ayuno de Ramadán educa el deseo, pule la paciencia y abre a la gratitud. La peregrinación (hajj), cuando es posible, enseña igualdad, memoria y responsabilidad ante la historia.
La sharía, entendida como “camino hacia el agua”, orienta una vida buena: verdad en la palabra, justicia en los tratos, cuidado de la familia, respeto a la creación. La ummah (comunidad) acompaña, corrige con ternura y celebra el bien. En lo íntimo, la virtud del ihsán —“adorar a Dios como si le vieras”— invita a actuar con excelencia incluso cuando nadie mira.
Con este horizonte, el presente gana peso: trabajas con honestidad, cumples lo prometido, compartes lo que tienes y buscas la reconciliación. Crece la taqwa (conciencia de Dios) y el corazón se vuelve más humilde y agradecido.
Ser musulmán regala una paz practicable: un corazón centrado, una ética clara y una comunidad que sostiene. En resumen, es un modo de vivir donde la entrega a Dios se convierte en luz diaria para pensar, decidir y amar.
— Un creyente musulmán






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