Santa Catalina de Siena fue una mística y doctora de la Iglesia. El 29 de abril recordamos su oración, su entrega y su servicio a los demás.
Sus escritos, su devoción y su conocimiento de las almas dejaron una huella que permanece. Quienes la acompañaron reconocieron en ella el don de profecía y una luz especial para comprender las cuestiones espirituales.
Catalina Benincasa nació en Siena en 1347, en una familia de veinticinco hijos. Sus padres, Jacopo Benincasa y Lapa Piacenti, la educaron en la fe. Sin embargo, les costó comprender la forma en que su hija deseaba vivirla.
Desde pequeña quiso consagrar su vida a Dios. La tradición cuenta que recibió gracias extraordinarias durante su infancia. Amaba la oración y solía pasar mucho tiempo en soledad, algo que su familia consideraba inapropiado para su edad.
No recibió una educación formal. Aun así, aprendió a leer con dificultad y a escribir ya de adulta. Pese a esa limitación, logró comunicar lo que comprendía y vivía.
Sus padres y hermanos intentaron orientarla hacia el matrimonio. Para apartarla de sus devociones, le impusieron tareas duras y le quitaron el espacio donde acostumbraba a recogerse.
Santa Catalina de Siena sobrellevó aquella oposición con dulzura y paciencia. Según su relato espiritual, el Señor le enseñó a encontrar otra soledad: la de su propio corazón. De ese modo, podía permanecer con Dios mientras atendía sus ocupaciones. Aunque las dificultades seguían presentes, ya no ocupaban todo su interior.
Este detalle nos acerca a su vida. A veces esperamos que todo se aquiete para poder orar. En cambio, Catalina aprendió a hacerlo mientras trabajaba, aun cuando quienes la rodeaban no comprendían su elección.
Con el tiempo, su padre aceptó su devoción. Desde su juventud asistía a los pobres, cuidaba a los pacientes y consolaba a los afligidos y a los prisioneros.
Prosiguió el camino de la humildad, la obediencia y la renuncia a su propia voluntad. En sus sufrimientos pedía que aquel dolor sirviera para la expiación de sus faltas y la purificación de su corazón.
Intimidad y celebraciones esponsales con Jesús
Más adelante, a los dieciséis años, recibió el hábito blanco y negro de las terciarias dominicas, conocidas en Siena como las Mantellate. Eran mujeres que vivían la espiritualidad de Santo Domingo sin abandonar necesariamente sus hogares.
Sin embargo, su ingreso siendo soltera fue excepcional en una comunidad formada principalmente por viudas. Para Catalina, aquella pertenencia expresaba de manera más formal su consagración a Dios.
Su habitación se convirtió en un lugar de recogimiento. Allí se ofrecía en oración y profundizaba en su relación con Jesús.
Posteriormente, hacia sus veinte años, vivió la experiencia que la tradición recuerda como su matrimonio místico con Cristo. Raimundo de Capua, su confesor y biógrafo, recogió el relato de este desposorio.
Según ese relato, mientras oraba en su habitación, vio a Cristo acompañado por su Madre y un cortejo celestial. Nuestra Señora tomó su mano y la presentó a Jesús. Entonces, Él le colocó un anillo como signo de aquella unión en la fe.
En ese encuentro recibió la certeza de una fe capaz de sostenerla frente a las tentaciones. Desde entonces, según el relato, Catalina podía ver siempre el anillo, aunque permanecía invisible para los demás.
Esta unión con Jesús acompañó su entrega cotidiana. Así, la intimidad con Dios encontró también su expresión en el cuidado de quienes necesitaban ayuda.
Su servicio al prójimo
Después de unos tres años de recogimiento en su hogar, sintió que el Señor la llamaba a una vida más activa. Por eso, comenzó a relacionarse más con los demás y a ponerse a su servicio.
Los relatos de su vida atribuyen a la ayuda divina varios milagros relacionados con aquella caridad. Entre ellos, la multiplicación de víveres para los pobres. También cuentan que pudo llevarles provisiones cuyo peso superaba sus fuerzas naturales.
Su amor al prójimo la impulsaba a trabajar por la conversión de los pecadores. Ofrecía por ellos sus oraciones y sus ayunos, mientras procuraba acompañarlos hacia un cambio de vida.
Sus palabras, sus acciones y hasta su silencio invitaban a amar la virtud. Una semblanza devocional atribuye a Pío II esta apreciación: quienes se acercaban a Catalina regresaban dispuestos a ser mejores personas.
Se la recuerda también por reconciliar a enemigos enfrentados. Quienes narraron su vida destacaron la fuerza de sus oraciones, además de sus palabras.
Sus seguidores daban testimonio de su espíritu de profecía, su conocimiento de las conciencias y su claridad en las cuestiones espirituales. A su alrededor se formó una familia espiritual de hombres y mujeres que recibían su orientación.
En Catalina, servir al prójimo era algo concreto. Significaba acercarse al enfermo, compartir el alimento y procurar que dos personas enfrentadas pudieran volver a escucharse.
Una conciliadora para la Iglesia
Santa Catalina de Siena llevó esa capacidad de reconciliación más allá de los conflictos familiares. Trabajó por la paz entre las ciudades italianas y por la renovación de la Iglesia.
Uno de sus aportes más recordados fue su intervención a favor del regreso del papado de Aviñón a Roma. Exhortó a Gregorio XI a retornar a su sede y habló con él personalmente. El papa regresó a Roma en enero de 1377.
Su influencia fue importante dentro de un proceso que también tuvo otras causas y protagonistas. Catalina participó con la convicción de que debía ponerse al servicio de la unidad.
Por eso, amar a la Iglesia también la llevó a pedir cambios. Señaló faltas y reclamó responsabilidad a sus pastores. Su devoción le daba la fuerza para hablar con claridad.
Sus cartas figuran entre las obras destacadas de la literatura italiana del siglo XIV. Se conservan más de trescientas ochenta, dirigidas a personas de condiciones muy diferentes.
Asimismo, escribía a quienes ejercían autoridad y también a quienes necesitaban consuelo. En ellas, la firmeza y la ternura podían convivir.
Su otra gran obra es el Diálogo de la Divina Providencia. Lo dictó a sus colaboradores pese a su escasa formación escolar. El libro presenta un diálogo entre el alma y Dios.
Catalina murió en Roma el 29 de abril de 1380, a los treinta y tres años. Su celebración recuerda ese día. En 1970, Pablo VI la proclamó doctora de la Iglesia.
Acción de gracias a la Santísima Trinidad
En el capítulo 167 del Diálogo de la Divina Providencia encontramos estas palabras de acción de gracias:
Trinidad Eterna, tú eres un mar profundo. En él, cuanto más busco, más encuentro. Y cuanto más encuentro, más busco.
Tú nos sacias completamente. En tu abismo sacias el alma, de forma que queda para siempre con hambre de ti. ¿Qué podrías darme más que tú mismo?
Eres el fuego que siempre quema y nunca se consume. Eres el fuego que consume en tu ardor todo el amor propio del alma. Eres el fuego que elimina todo frío e ilumina todas las inteligencias. Por tu luz me hiciste conocer la verdad.
Das al ojo humano la luz sobrenatural en gran abundancia y perfección. E iluminas la propia luz de la fe. Es en esa fe que mi alma tiene vida.
En la luz de la fe adquiero la sabiduría, en la sabiduría de tu Hijo único. En la luz de la fe me hago fuerte y persevero con constancia. En la luz de la fe espero que no me dejes sucumbir en el camino…
Bellísimas palabras que alimentan el alma y conmueven el corazón. Una verdadera oda a la fe.
Catalina encontró en esa fe la fuerza para salir de su recogimiento y acercarse al dolor de los demás. El mismo corazón que buscaba a Dios sabía detenerse junto a quien necesitaba cuidado.
Abrazos de luz
Brinda Mair
Fuente consultada: referencia al Ateneo Pontificio Regina Apostolorum, recogida en Corazones.org.



